Copa Conquistadores

La superfinal del más antiguo campeonato sudamericano de clubes de fútbol, llamada a ser la más importante de la historia, se transformó en el super bochorno de un país y todo un continente dando pie, además, para pedir el cambio de nombre de Libertadores a Conquistadores de América, al menos en el ingenio popular, porque eso de jugar en Madrid tiene cola. Quizás sea un gran negocio para la Conmebol, a lo cual estamos habituados, pero el mensaje simbólico es triste y decepcionante.
Todo es resultado, sin embargo, de una guerra interna del partido gobernante en la Argentina. Veamos los hechos. Recordemos en primer lugar que Mauricio Macri, el presidente argentino que no pudo organizar el partido de fútbol, fue presidente de Boca y hoy controla el club a través de Angelici, hombre de Macri, actual directivo de Boca. Martín Ocampo, ministro de Seguridad que renunció por la emboscada al bus de Boca, como afirmó el chofer del bus del club, es hombre de Angelici. D’Onofrio, presidente de River Plate, confiesa que apoya “a muerte a ese gobierno”, y que habla todos los días con la ministra de seguridad. Por su parte, el presidente de la AFA posee un cargo en el gobierno macrista. Fiscales intervinientes son del macrismo. La responsabilidad de este escándalo mundial se la podemos atribuir a un país con un sistema de representación “enfermo” tanto como a un grupo de “barrabravas.” Pero la responsabilidad principal es de estos dirigentes y funcionarios que no han podido conseguir que el partido se juegue en la Argentina, por respeto al público que pagó su entrada y que fue dos veces al estadio viendo frustrado el sueño de asistir la final del siglo que no se jugó. El Macrismo hace agua por todas partes. Es como un barco que se hunde y que no tiene salvavidas.
El clásico arrebatado al fútbol argentino –que tiene problemas irresueltos de violencia desde hace por lo menos cinco décadas– es un típico producto de la globalización deportiva que el mercado esperaba para ganar mucho dinero. El superclásico empezó a señalar un camino, aun bajo las condiciones no deseadas de su entorno violento. Paradójicamente, no dejó de ser exportable por eso. Quizás en el futuro se juegue en Las Vegas o Montecarlo para levantar apuestas y exprimirlo hasta sacarle todo el jugo posible. Poco les importará a sus organizadores si no viajan hinchas de River y Boca que sostienen el negocio del fútbol durante el resto del año. En su lugar habrá turistas o magnates dispuestos a abrir sus generosas billeteras. (O)
El clásico arrebatado al fútbol argentino, es un producto de la globalización deportiva que el mercado esperaba para ganar dinero.

Copa Conquistadores

La superfinal del más antiguo campeonato sudamericano de clubes de fútbol, llamada a ser la más importante de la historia, se transformó en el super bochorno de un país y todo un continente dando pie, además, para pedir el cambio de nombre de Libertadores a Conquistadores de América, al menos en el ingenio popular, porque eso de jugar en Madrid tiene cola. Quizás sea un gran negocio para la Conmebol, a lo cual estamos habituados, pero el mensaje simbólico es triste y decepcionante.
Todo es resultado, sin embargo, de una guerra interna del partido gobernante en la Argentina. Veamos los hechos. Recordemos en primer lugar que Mauricio Macri, el presidente argentino que no pudo organizar el partido de fútbol, fue presidente de Boca y hoy controla el club a través de Angelici, hombre de Macri, actual directivo de Boca. Martín Ocampo, ministro de Seguridad que renunció por la emboscada al bus de Boca, como afirmó el chofer del bus del club, es hombre de Angelici. D’Onofrio, presidente de River Plate, confiesa que apoya “a muerte a ese gobierno”, y que habla todos los días con la ministra de seguridad. Por su parte, el presidente de la AFA posee un cargo en el gobierno macrista. Fiscales intervinientes son del macrismo. La responsabilidad de este escándalo mundial se la podemos atribuir a un país con un sistema de representación “enfermo” tanto como a un grupo de “barrabravas.” Pero la responsabilidad principal es de estos dirigentes y funcionarios que no han podido conseguir que el partido se juegue en la Argentina, por respeto al público que pagó su entrada y que fue dos veces al estadio viendo frustrado el sueño de asistir la final del siglo que no se jugó. El Macrismo hace agua por todas partes. Es como un barco que se hunde y que no tiene salvavidas.
El clásico arrebatado al fútbol argentino –que tiene problemas irresueltos de violencia desde hace por lo menos cinco décadas– es un típico producto de la globalización deportiva que el mercado esperaba para ganar mucho dinero. El superclásico empezó a señalar un camino, aun bajo las condiciones no deseadas de su entorno violento. Paradójicamente, no dejó de ser exportable por eso. Quizás en el futuro se juegue en Las Vegas o Montecarlo para levantar apuestas y exprimirlo hasta sacarle todo el jugo posible. Poco les importará a sus organizadores si no viajan hinchas de River y Boca que sostienen el negocio del fútbol durante el resto del año. En su lugar habrá turistas o magnates dispuestos a abrir sus generosas billeteras. (O)
El clásico arrebatado al fútbol argentino, es un producto de la globalización deportiva que el mercado esperaba para ganar dinero.