Consenso

Luego de dos meses desde que el gobierno ecuatoriano alcanzó un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, empiezan a escucharse rumores sobre las reformas que -en el marco de la Carta de Intención suscrita- deberán tomarse en el plano económico, fiscal, tributario y laboral. Al escuchar sobre estos “ajustes”, irremediablemente se nos viene a la mente las reformas del Consenso de Washington, término que hace referencia al conjunto de reformas, propuestas en 1990 por el economista John Williamson, las cuales fueron diseñadas para que los países latinoamericanos pudieran afrontar el colapso del fallido modelo de industrialización por sustitución de importaciones (ISI) y la emergente crisis internacional. Esta suerte de decálogo, además, contó con el respaldo de la Reserva Federal de EEUU, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial; por lo que es común que hoy se las califique como “reformas neoliberales” o “políticas promovidas por las IFI”. Entre otras cosas, la reforma recomendaba disciplina presupuestaria, la reducción del gasto público y reforma fiscal, liberalización de los tipos de cambio y las tasas de interés, apertura para el comercio y las inversiones, privatizaciones y garantía de la propiedad.
En términos de logros, a partir de la prudencia monetaria adoptada, se logró controlar la inflación y la disciplina fiscal redujo déficit presupuestario; estas dos condiciones facilitaron la expansión de los bancos centrales autónomos. Asimismo, el comercio creció significativamente, tanto en exportaciones como en importaciones.
Entre los aspectos negativos, se registró un incipiente crecimiento económico que, en promedio, solo alcanzó el 2,6% anual entre 1990 y 2003; además, como consecuencia de la flexibilización del mercado laboral, se perdieron puestos de trabajo y una disminución de salarios de trabajadores no calificados; aumentando el desempleo y la desigualdad. Al margen de los resultados –positivos o negativos- existe un amplio asentimiento de que la reforma estuvo incompleta. Sin embargo, en mi opinión el problema principal fue que la agenda se asumió como una receta única, sin considerar las características económicas, financieras, culturales o sociales, muy particulares de cada país. A las puertas de nuevas reformas, esperemos haber aprendido del pasado, y que las acciones a tomar efectivamente estén orientadas a alcanzar las expectativas de crecimiento económico propuestas, con el consecuente mejoramiento de la calidad de vida de las familias ecuatorianas. (O)
Al margen de los resultados –positivos o negativos- existe un amplio asentimiento de que la reforma estuvo incompleta.

Consenso

Luego de dos meses desde que el gobierno ecuatoriano alcanzó un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, empiezan a escucharse rumores sobre las reformas que -en el marco de la Carta de Intención suscrita- deberán tomarse en el plano económico, fiscal, tributario y laboral. Al escuchar sobre estos “ajustes”, irremediablemente se nos viene a la mente las reformas del Consenso de Washington, término que hace referencia al conjunto de reformas, propuestas en 1990 por el economista John Williamson, las cuales fueron diseñadas para que los países latinoamericanos pudieran afrontar el colapso del fallido modelo de industrialización por sustitución de importaciones (ISI) y la emergente crisis internacional. Esta suerte de decálogo, además, contó con el respaldo de la Reserva Federal de EEUU, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial; por lo que es común que hoy se las califique como “reformas neoliberales” o “políticas promovidas por las IFI”. Entre otras cosas, la reforma recomendaba disciplina presupuestaria, la reducción del gasto público y reforma fiscal, liberalización de los tipos de cambio y las tasas de interés, apertura para el comercio y las inversiones, privatizaciones y garantía de la propiedad.
En términos de logros, a partir de la prudencia monetaria adoptada, se logró controlar la inflación y la disciplina fiscal redujo déficit presupuestario; estas dos condiciones facilitaron la expansión de los bancos centrales autónomos. Asimismo, el comercio creció significativamente, tanto en exportaciones como en importaciones.
Entre los aspectos negativos, se registró un incipiente crecimiento económico que, en promedio, solo alcanzó el 2,6% anual entre 1990 y 2003; además, como consecuencia de la flexibilización del mercado laboral, se perdieron puestos de trabajo y una disminución de salarios de trabajadores no calificados; aumentando el desempleo y la desigualdad. Al margen de los resultados –positivos o negativos- existe un amplio asentimiento de que la reforma estuvo incompleta. Sin embargo, en mi opinión el problema principal fue que la agenda se asumió como una receta única, sin considerar las características económicas, financieras, culturales o sociales, muy particulares de cada país. A las puertas de nuevas reformas, esperemos haber aprendido del pasado, y que las acciones a tomar efectivamente estén orientadas a alcanzar las expectativas de crecimiento económico propuestas, con el consecuente mejoramiento de la calidad de vida de las familias ecuatorianas. (O)
Al margen de los resultados –positivos o negativos- existe un amplio asentimiento de que la reforma estuvo incompleta.