¡Cómo escribir!

Ante lo sucedido en las provincias de Manabí y Esmeraldas el día sábado pasado, ¿qué se puede escribir?
¿Podemos seguir escribiendo de recuerdos de la infancia y de la juventud, de momentos felices, cuando vemos tan cerca la desgracia y el dolor?
¿Se puede opinar de filosofía, de música, de política, cuando se ha mostrado tan de frente la fragilidad de la vida?
¿Se puede seguir creyendo que somos un país que superó la pobreza y la desigualdad, cuando vemos que la gente pierde todo y que no tendrá la posibilidad de recuperarse?
¿Es posible abstraerse de la información que llega a borbotones y que trae la imagen de un padre que grita el nombre de su hijo en un agujero en medio de toneladas de cemento, con la esperanza de escuchar su respuesta?
Este momento de tragedia muestra lo peor y lo mejor: mientras hay voluntarios que viajan a Pedernales, Canoa o Muisne, sin pensar en si mismos, hay otros – cómo poder nombrarlos- que asaltan y roban un camión de víveres y medicinas.
En la casa más pobre la madre de familia toma de la mesa una lata de atún o de sardinas, que será la comida del día, para entregarla a otros que la necesitan más.
Las redes sociales dejan de servir para el meme o el chiste fácil para ser el contacto que puede salvar una vida, buscar un remedio, trasladar a una niña herida al hospital, escuchando el angustioso llamado que hizo su padre.
Nos duelen las fotos que publican “ella salió de Loja a Portoviejo el viernes ¡ayúdenos a buscarla!”, sobre un texto escrito con dolor y con sangre.
A la vez, el enorme movimiento de respaldo, espontáneo, sin coacciones, desorganizado a veces, muestra que el ciudadano común, el que va a la oficina, el que asiste a clase, el que trabaja en la fábrica, siente como suyo lo que ha pasado.
La desgastada palabra solidaridad vuelve a tener su significado prístino de solidez; es el lazo que une los destinos de dos personas que no se conocen, cuando la ayuda brota sin pedir nada a cambio, ni siquiera la fotografía que trae el  “reconocimiento” a un acto privado, en que el individuo debería encontrarse a solas con su conciencia.  (O) 

¡Cómo escribir!

Ante lo sucedido en las provincias de Manabí y Esmeraldas el día sábado pasado, ¿qué se puede escribir?
¿Podemos seguir escribiendo de recuerdos de la infancia y de la juventud, de momentos felices, cuando vemos tan cerca la desgracia y el dolor?
¿Se puede opinar de filosofía, de música, de política, cuando se ha mostrado tan de frente la fragilidad de la vida?
¿Se puede seguir creyendo que somos un país que superó la pobreza y la desigualdad, cuando vemos que la gente pierde todo y que no tendrá la posibilidad de recuperarse?
¿Es posible abstraerse de la información que llega a borbotones y que trae la imagen de un padre que grita el nombre de su hijo en un agujero en medio de toneladas de cemento, con la esperanza de escuchar su respuesta?
Este momento de tragedia muestra lo peor y lo mejor: mientras hay voluntarios que viajan a Pedernales, Canoa o Muisne, sin pensar en si mismos, hay otros – cómo poder nombrarlos- que asaltan y roban un camión de víveres y medicinas.
En la casa más pobre la madre de familia toma de la mesa una lata de atún o de sardinas, que será la comida del día, para entregarla a otros que la necesitan más.
Las redes sociales dejan de servir para el meme o el chiste fácil para ser el contacto que puede salvar una vida, buscar un remedio, trasladar a una niña herida al hospital, escuchando el angustioso llamado que hizo su padre.
Nos duelen las fotos que publican “ella salió de Loja a Portoviejo el viernes ¡ayúdenos a buscarla!”, sobre un texto escrito con dolor y con sangre.
A la vez, el enorme movimiento de respaldo, espontáneo, sin coacciones, desorganizado a veces, muestra que el ciudadano común, el que va a la oficina, el que asiste a clase, el que trabaja en la fábrica, siente como suyo lo que ha pasado.
La desgastada palabra solidaridad vuelve a tener su significado prístino de solidez; es el lazo que une los destinos de dos personas que no se conocen, cuando la ayuda brota sin pedir nada a cambio, ni siquiera la fotografía que trae el  “reconocimiento” a un acto privado, en que el individuo debería encontrarse a solas con su conciencia.  (O)