“Chechi Macho”

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Lo último de Matias Zibell

Aquellos que deciden su vida son felices (uno sabe cuando alguien es feliz porque ese alguien no pierde el tiempo hablando mal de los demás).

Conozco en Cuenca dos o tres amigas que no quieren tener hijos.
Cuando les pregunto cómo ha sido recibida esa decisión en su entorno, me responden que la reprobación mayor suele venir de otras mujeres (amigas, familiares, compañeras de trabajo).
Las que son madres no entienden -y no aceptan- que ellas no quieran ese mismo destino de pañales y biberones.
En eso pensaba durante la campaña electoral, cuando escuchaba a mujeres llamar “machona” o “marimacho” a María Cecilia Alvarado.
Más allá de lo que yo opine de ella y de su programa político, me asombró el rechazo que generaba en un grupo de mujeres la candidata que proclamaba -curiosamente- hacer historia llevando una mujer al poder.
Mi teoría sobre esta suerte de paradoja, especulativa, sin comprobación empírica ni marco teórico, es la siguiente:
Hay mujeres que toda la vida quisieron ser madres y esposas; que por voluntad propia postergaron un desarrollo profesional por cuidar a sus hijos; que cedieron el rol protagónico del que provee en el hogar a sus maridos por crear lo que ellas consideraban un ambiente estable para sus familias.
Estas mujeres, que decidieron esa vida, son felices (uno sabe cuando alguien es feliz porque ese alguien no pierde el tiempo hablando mal de los demás).
Sin embargo, hay mujeres que han hecho todo esto no por decisión propia, sino por mandato familiar o social. Lo aceptaron como un destino marcado.
Son las mujeres a las que sus padres les prohibieron tal o cual profesión por ser una “profesión de hombres”. A las que sus amigas les dijeron que “casaran” a sus novios frente al riesgo de perderlos. A las que sus madres les aconsejaron, ante la primera crisis matrimonial, que la mejor solución era un guagua.
Algunas de esas mujeres son las que -en mi teoría- odian a las que han buscado la felicidad en otros ámbitos: el profesional, el académico, el deportivo o el político.
Es posible que otras no, que otras las admiren en silencio o a viva voz.
Pero las que odian, las odian -creo yo- porque esas mujeres representan lo que ellas no pudieron evitar o lo que no supieron desafiar.
Y creo que nada nos duele más, tanto a hombres como a mujeres, que comprobar que otro hizo posible lo que nosotros aceptamos -desde un inicio- como imposible.

“Chechi Macho”

Aquellos que deciden su vida son felices (uno sabe cuando alguien es feliz porque ese alguien no pierde el tiempo hablando mal de los demás).

Conozco en Cuenca dos o tres amigas que no quieren tener hijos.
Cuando les pregunto cómo ha sido recibida esa decisión en su entorno, me responden que la reprobación mayor suele venir de otras mujeres (amigas, familiares, compañeras de trabajo).
Las que son madres no entienden -y no aceptan- que ellas no quieran ese mismo destino de pañales y biberones.
En eso pensaba durante la campaña electoral, cuando escuchaba a mujeres llamar “machona” o “marimacho” a María Cecilia Alvarado.
Más allá de lo que yo opine de ella y de su programa político, me asombró el rechazo que generaba en un grupo de mujeres la candidata que proclamaba -curiosamente- hacer historia llevando una mujer al poder.
Mi teoría sobre esta suerte de paradoja, especulativa, sin comprobación empírica ni marco teórico, es la siguiente:
Hay mujeres que toda la vida quisieron ser madres y esposas; que por voluntad propia postergaron un desarrollo profesional por cuidar a sus hijos; que cedieron el rol protagónico del que provee en el hogar a sus maridos por crear lo que ellas consideraban un ambiente estable para sus familias.
Estas mujeres, que decidieron esa vida, son felices (uno sabe cuando alguien es feliz porque ese alguien no pierde el tiempo hablando mal de los demás).
Sin embargo, hay mujeres que han hecho todo esto no por decisión propia, sino por mandato familiar o social. Lo aceptaron como un destino marcado.
Son las mujeres a las que sus padres les prohibieron tal o cual profesión por ser una “profesión de hombres”. A las que sus amigas les dijeron que “casaran” a sus novios frente al riesgo de perderlos. A las que sus madres les aconsejaron, ante la primera crisis matrimonial, que la mejor solución era un guagua.
Algunas de esas mujeres son las que -en mi teoría- odian a las que han buscado la felicidad en otros ámbitos: el profesional, el académico, el deportivo o el político.
Es posible que otras no, que otras las admiren en silencio o a viva voz.
Pero las que odian, las odian -creo yo- porque esas mujeres representan lo que ellas no pudieron evitar o lo que no supieron desafiar.
Y creo que nada nos duele más, tanto a hombres como a mujeres, que comprobar que otro hizo posible lo que nosotros aceptamos -desde un inicio- como imposible.

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