Chalecos amarillos

Visto

Francia vive días turbulentos. A las manifestaciones ciudadanas recientemente registradas a lo largo y ancho del país galo se suma un nuevo atentado terrorista de tipo “lobo solitario”, agitando todo tipo de especulaciones y temores, mientras Emanuel Macron enfrenta las cifras más bajas de su mandato a 18 meses de haber asumido el poder y con 42 aún por cumplir antes de finalizar el quinquenato. Su liderazgo queda muy herido no sólo en Francia sino ante sus vecinos europeos, por ejemplo ante el gobierno italiano de derecha y muy particularmente ante su “amigo” Trump que no ha parado de criticarlo por twitter.
La particularidad de la revuelta es que la iniciativa no corresponde ni a partidos políticos de oposición ni a sindicatos. Es gente afectada por distintas problemáticas y preocupaciones cotidianas autoconvocada a salir a las calles y redondeles y que, para identificarse, eligió chalecos o casacas reflectantes de color amarillo. Trabajadores, ambientalistas, enfermeros, agricultores, estudiantes, hombres y mujeres del pueblo y la clase media, incluso policías y bomberos, todos tienen en común el descontento por las medidas adoptadas por el ejecutivo francés que favorecen las grandes fortunas y perjudican al ciudadano común. Aislados no daban miedo, juntos han puesto a temblar al gobierno y la misma República.
Por eso lo que se critica es, precisamente, la inhabilidad del ejecutivo para prever la envergadura que terminaría tomando una protesta que empezó en el ámbito rural y que ha copado todo el territorio ante la mirada atónita de políticos y periodistas.
Es la razón por la cual decenas de analistas coinciden en señalar las características insurreccionales de la protesta advirtiendo que, si no logra ser totalmente desactivada por el gobierno, podría transformarse en una verdadera revolución, materia en la cual el pueblo francés tiene secular experiencia. Los temores de la clase política son bien fundados.
El pueblo francés, hoy vestido con chalecos amarillos, nuevamente envía un fuerte mensaje al mundo pues se trata de una ciudadanía mayoritariamente culta y educada que reacciona por simple sentido común.
Su ejemplo una vez más ilumina las vías para reclamar lo que es justo: calidad de vida para todos y no solamente para unas élites sordas y privilegiadas. (O)
Trabajadores, ambientalistas, enfermeros aislados no daban miedo, juntos han puesto a temblar al gobierno y la República.

Chalecos amarillos

Francia vive días turbulentos. A las manifestaciones ciudadanas recientemente registradas a lo largo y ancho del país galo se suma un nuevo atentado terrorista de tipo “lobo solitario”, agitando todo tipo de especulaciones y temores, mientras Emanuel Macron enfrenta las cifras más bajas de su mandato a 18 meses de haber asumido el poder y con 42 aún por cumplir antes de finalizar el quinquenato. Su liderazgo queda muy herido no sólo en Francia sino ante sus vecinos europeos, por ejemplo ante el gobierno italiano de derecha y muy particularmente ante su “amigo” Trump que no ha parado de criticarlo por twitter.
La particularidad de la revuelta es que la iniciativa no corresponde ni a partidos políticos de oposición ni a sindicatos. Es gente afectada por distintas problemáticas y preocupaciones cotidianas autoconvocada a salir a las calles y redondeles y que, para identificarse, eligió chalecos o casacas reflectantes de color amarillo. Trabajadores, ambientalistas, enfermeros, agricultores, estudiantes, hombres y mujeres del pueblo y la clase media, incluso policías y bomberos, todos tienen en común el descontento por las medidas adoptadas por el ejecutivo francés que favorecen las grandes fortunas y perjudican al ciudadano común. Aislados no daban miedo, juntos han puesto a temblar al gobierno y la misma República.
Por eso lo que se critica es, precisamente, la inhabilidad del ejecutivo para prever la envergadura que terminaría tomando una protesta que empezó en el ámbito rural y que ha copado todo el territorio ante la mirada atónita de políticos y periodistas.
Es la razón por la cual decenas de analistas coinciden en señalar las características insurreccionales de la protesta advirtiendo que, si no logra ser totalmente desactivada por el gobierno, podría transformarse en una verdadera revolución, materia en la cual el pueblo francés tiene secular experiencia. Los temores de la clase política son bien fundados.
El pueblo francés, hoy vestido con chalecos amarillos, nuevamente envía un fuerte mensaje al mundo pues se trata de una ciudadanía mayoritariamente culta y educada que reacciona por simple sentido común.
Su ejemplo una vez más ilumina las vías para reclamar lo que es justo: calidad de vida para todos y no solamente para unas élites sordas y privilegiadas. (O)
Trabajadores, ambientalistas, enfermeros aislados no daban miedo, juntos han puesto a temblar al gobierno y la República.

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