Certezas e incertidumbre

Transcurridos los primeros cien días del nuevo gobierno, el soberano debería ya tener un concepto bastante claro del rumbo a seguirse durante los cuatro años venideros. ¿Qué nos depara el futuro inmediato en el país? Es cierto: se anunció un nuevo estilo de gobierno y es evidente que el mandatario electo ha cumplido con su promesa del 24 de mayo, promesa que no generó mayor incertidumbre, puesto que, habiendo triunfado la tesis de continuar con el proyecto de la Década Ganada, el estilo no rebasaría lo referente a tonalidades de carácter y capacidades personales. Nadie sospechaba que, en el recorrido entre el Palacio Legislativo y Carondelet, las certezas del 2 de abril comenzarían a desvanecerse. El rostro de la oposición, no sin sorpresa, comenzó a iluminarse con una cierta sonrisa y no poca estupefacción, en tanto los militantes de la Revolución Ciudadana miraban incrédulos cómo en el ambiente se configuraba un gran interrogante.
Como en el viejo país, de uno en uno fueron llagando a la sede del Poder Ejecutivo los representantes de los antiguos poderes fácticos, al principio con recelo y buscando la puerta trasera; pronto comprendieron que aquello no hacía falta, que no debían hacerlo, pues adentro les esperaba un presidente que sabe escuchar ‘al otro’, con mano abierta y sonrisa amplia. Sobre la mesa del diálogo fueron colocándose sus criterios, sus deseos y, por qué no, sus exigencias.
De pronto, la ciudadanía comenzó a tener conocimiento de un país en ruinas, del despilfarro de los fondos públicos, de las obras inservibles unas, mal hechas otras, que la ‘mesa’ no estaba servida, y, como si ya eso no fuera suficiente, del comportamiento ovejuno de los funcionarios públicos y del círculo presidencial precedente. Con el avance de los días fueron develándose comportamientos de actores políticos impensables por su trayectoria en Alianza País y que ahora tratan de justificarlos en nombre de una pretendida responsabilidad democrática.
En el país hemos soportado tres meses de cambio climático a diario, sin diagnósticos temporales acertados. Al centésimo día de haber llegado al Palacio de Carondelet, el personaje que había afirmado ‘no haber sido electo para odiar’, para sorpresa de todos, afirma que “comienza a odiar a los que votaron por él” ¿Será esta la única certeza? Como decía un amigo del barrio la GranCoVe: “Lo más probable es que quién sabe”. (O)

Certezas e incertidumbre

Transcurridos los primeros cien días del nuevo gobierno, el soberano debería ya tener un concepto bastante claro del rumbo a seguirse durante los cuatro años venideros. ¿Qué nos depara el futuro inmediato en el país? Es cierto: se anunció un nuevo estilo de gobierno y es evidente que el mandatario electo ha cumplido con su promesa del 24 de mayo, promesa que no generó mayor incertidumbre, puesto que, habiendo triunfado la tesis de continuar con el proyecto de la Década Ganada, el estilo no rebasaría lo referente a tonalidades de carácter y capacidades personales. Nadie sospechaba que, en el recorrido entre el Palacio Legislativo y Carondelet, las certezas del 2 de abril comenzarían a desvanecerse. El rostro de la oposición, no sin sorpresa, comenzó a iluminarse con una cierta sonrisa y no poca estupefacción, en tanto los militantes de la Revolución Ciudadana miraban incrédulos cómo en el ambiente se configuraba un gran interrogante.
Como en el viejo país, de uno en uno fueron llagando a la sede del Poder Ejecutivo los representantes de los antiguos poderes fácticos, al principio con recelo y buscando la puerta trasera; pronto comprendieron que aquello no hacía falta, que no debían hacerlo, pues adentro les esperaba un presidente que sabe escuchar ‘al otro’, con mano abierta y sonrisa amplia. Sobre la mesa del diálogo fueron colocándose sus criterios, sus deseos y, por qué no, sus exigencias.
De pronto, la ciudadanía comenzó a tener conocimiento de un país en ruinas, del despilfarro de los fondos públicos, de las obras inservibles unas, mal hechas otras, que la ‘mesa’ no estaba servida, y, como si ya eso no fuera suficiente, del comportamiento ovejuno de los funcionarios públicos y del círculo presidencial precedente. Con el avance de los días fueron develándose comportamientos de actores políticos impensables por su trayectoria en Alianza País y que ahora tratan de justificarlos en nombre de una pretendida responsabilidad democrática.
En el país hemos soportado tres meses de cambio climático a diario, sin diagnósticos temporales acertados. Al centésimo día de haber llegado al Palacio de Carondelet, el personaje que había afirmado ‘no haber sido electo para odiar’, para sorpresa de todos, afirma que “comienza a odiar a los que votaron por él” ¿Será esta la única certeza? Como decía un amigo del barrio la GranCoVe: “Lo más probable es que quién sabe”. (O)