Cedo la palabra

La voz de Gioconda Belli nos llega desde su país natal Nicaragua y tiene el mismo poder de la mirada de la Gioconda que reside en una sala del Louvre: no podemos escapar a ellas. Poetisa, escritora, guerrillera. Ha conseguido fusionar en su ser la sensibilidad poética de Rubén Darío y la fortaleza guerrera de Sandino, el General de Hombres Libres. A cuatro años de haber sido editada, ha llegado a mis manos su obra: ‘El país bajo mi piel –Memorias de amor y guerra’. Cedo la palabra a la autora, una sincera invitación a que lean su obra.

“Quizás porque mi madre sintió mi urgencia de nacer cuando estaba en el Estadio Somoza en Managua viendo un juego de béisbol, el calor de las multitudes fue mi destino. Quizás a eso se debió mi temor a la soledad, mi amor por los hombres, mi deseo de trascender limitaciones biológicas o domésticas y ocupar tanto espacio como ellos en el mundo.

No fui rebelde desde niña. Al contrario. Nada hizo presagiar a mis padres que la criatura modosa, dulce, y bien portada de mis fotos infantiles se convertiría en la mujer revoltosa que les quitó el sueño.

Leía con voracidad y pasmosa velocidad. Julio Verne y mi abuelo Pancho –que me proveía de libros- fueron los responsables de que desarrollara una imaginación sin trabas y llegara a creer que las realidades imaginarias podían hacerse realidad. Los sueños revolucionarios encontraron en mí tierra fértil. Lo mismo sucedió con otros sueños propios de mi género. Sólo que mis príncipes azules fueron guerrilleros, y que mis hazañas heroicas las hice al mismo tiempo que cambiaba pañales y hervía mamaderas. He sido dos mujeres y he vivido dos vidas. Una de mis mujeres quería hacerlo todo según los anales clásicos de la feminidad: casarme, tener hijos, ser complaciente, dócil y nutricia. La otra quería los privilegios masculinos: independencia, valerse por sí misma, tener vida pública, movilidad, amantes. Aprender a balancearlas y a unificar sus fuerzas, para que no me desgarraran sus luchas a mordiscos y jaladas de pelos, me ha tomado gran parte de la vida. Creo que al fin he logrado que ambas coexistan bajo la misma piel. Sin renunciar a ser mujer, creo que he logrado también ser hombre. Conciliar mis dos vidas ha sido más complejo. Ha significado la escisión geográfica. Echarme mi pasado, mi país al hombro y llevármelo no simplemente a cualquier parte, sino al norte, a la nación donde se urdió la red donde el pez de mis fantasías pereció”. (O)
“Dos cosas que yo no decidí decidieron mi vida: el país donde nací y el sexo con el que vine al mundo”. Gioconda Belli

Cedo la palabra

La voz de Gioconda Belli nos llega desde su país natal Nicaragua y tiene el mismo poder de la mirada de la Gioconda que reside en una sala del Louvre: no podemos escapar a ellas. Poetisa, escritora, guerrillera. Ha conseguido fusionar en su ser la sensibilidad poética de Rubén Darío y la fortaleza guerrera de Sandino, el General de Hombres Libres. A cuatro años de haber sido editada, ha llegado a mis manos su obra: ‘El país bajo mi piel –Memorias de amor y guerra’. Cedo la palabra a la autora, una sincera invitación a que lean su obra.

“Quizás porque mi madre sintió mi urgencia de nacer cuando estaba en el Estadio Somoza en Managua viendo un juego de béisbol, el calor de las multitudes fue mi destino. Quizás a eso se debió mi temor a la soledad, mi amor por los hombres, mi deseo de trascender limitaciones biológicas o domésticas y ocupar tanto espacio como ellos en el mundo.

No fui rebelde desde niña. Al contrario. Nada hizo presagiar a mis padres que la criatura modosa, dulce, y bien portada de mis fotos infantiles se convertiría en la mujer revoltosa que les quitó el sueño.

Leía con voracidad y pasmosa velocidad. Julio Verne y mi abuelo Pancho –que me proveía de libros- fueron los responsables de que desarrollara una imaginación sin trabas y llegara a creer que las realidades imaginarias podían hacerse realidad. Los sueños revolucionarios encontraron en mí tierra fértil. Lo mismo sucedió con otros sueños propios de mi género. Sólo que mis príncipes azules fueron guerrilleros, y que mis hazañas heroicas las hice al mismo tiempo que cambiaba pañales y hervía mamaderas. He sido dos mujeres y he vivido dos vidas. Una de mis mujeres quería hacerlo todo según los anales clásicos de la feminidad: casarme, tener hijos, ser complaciente, dócil y nutricia. La otra quería los privilegios masculinos: independencia, valerse por sí misma, tener vida pública, movilidad, amantes. Aprender a balancearlas y a unificar sus fuerzas, para que no me desgarraran sus luchas a mordiscos y jaladas de pelos, me ha tomado gran parte de la vida. Creo que al fin he logrado que ambas coexistan bajo la misma piel. Sin renunciar a ser mujer, creo que he logrado también ser hombre. Conciliar mis dos vidas ha sido más complejo. Ha significado la escisión geográfica. Echarme mi pasado, mi país al hombro y llevármelo no simplemente a cualquier parte, sino al norte, a la nación donde se urdió la red donde el pez de mis fantasías pereció”. (O)
“Dos cosas que yo no decidí decidieron mi vida: el país donde nací y el sexo con el que vine al mundo”. Gioconda Belli