Canonizar el tiempo

Foto cortesía.

El domingo anterior se cumplieron 39 años del martirio de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, “San Óscar Romero”, asesinado el 24 de marzo de 1980. A los pocos días de su asesinato, don Pedro Casaldáliga, Obispo de Sao Félix do Araguaia, escribió agradecido, su conocido poema San Romero de América. La realidad tomaba la palabra en la pluma de don Pedro y pronunciaba la expresión que reserva para momentos de singular importancia: “santo”. Después de largos 38 años, vino la canonización oficial. Claro está, antes de la canonización oficial, ya ha tenido lugar la canonización popular de Monseñor Romero. El hecho es evidente, y de esta canonización popular vive la canonización oficial.
En la literatura del libro del Apocalipsis, todos los mártires son considerados santos, porque han dado la vida en defensa de la vida de sus hermanos: los marginados, los perseguidos, los torturados, los encarcelados, los exiliados, los asesinados.
Monseñor sabía de las amenazas que era objeto, pero la fuerza del Evangelio y su compromiso con el pueblo eran parte de su propia vida; buscaba en la oración y en el silencio escuchar el silencio de Dios, que le decía a su corazón, a su mente y espíritu.
Unos días antes de su asesinato, fue entrevistado por unos periodistas, quienes le advirtieron que se había puesto en la mira de los militares y él asintiendo con ellos, les dijo: “Sí, he sido frecuentemente amenazado de muerte, pero debo decirles que como cristiano no creo en la muerte sin resurrección. Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Se lo digo sin ninguna jactancia, con la más grande humildad. Ojalá, sí, se convencieran de que perderán su tiempo. Un obispo morirá, pero la iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás”.
El Papa Francisco buscó con justicia reparar del olvido al mártir y profeta y restablecer el testimonio de quien mostró el camino de la fe y la esperanza.
Canonizado está ya el “tiempo”: no hace falta explicar qué quiere decir “el 24 de marzo”, como no hace falta explicar qué quiere decir el 24 de diciembre o el 10 de agosto aquí en el Ecuador.
Si los políticos que -aniversario del martirio San Romero- participaron en el proceso electoral, tuvieran la sabia de San Romero, podrían canonizar (santificar) este día, como una fecha de cambio, de tiempos nuevos, de esperanza, de alegre despertar.
Pero, muy por el contrario, en un corto tiempo más, será una fecha olvidada y a la que seguramente nadie querrá recordar. (O)
El martirio de San Romero canonizó el tiempo: no hace falta explicar qué quiere decir 24 de marzo. Desventurada coincidencia.

Canonizar el tiempo

Foto cortesía.

El domingo anterior se cumplieron 39 años del martirio de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, “San Óscar Romero”, asesinado el 24 de marzo de 1980. A los pocos días de su asesinato, don Pedro Casaldáliga, Obispo de Sao Félix do Araguaia, escribió agradecido, su conocido poema San Romero de América. La realidad tomaba la palabra en la pluma de don Pedro y pronunciaba la expresión que reserva para momentos de singular importancia: “santo”. Después de largos 38 años, vino la canonización oficial. Claro está, antes de la canonización oficial, ya ha tenido lugar la canonización popular de Monseñor Romero. El hecho es evidente, y de esta canonización popular vive la canonización oficial.
En la literatura del libro del Apocalipsis, todos los mártires son considerados santos, porque han dado la vida en defensa de la vida de sus hermanos: los marginados, los perseguidos, los torturados, los encarcelados, los exiliados, los asesinados.
Monseñor sabía de las amenazas que era objeto, pero la fuerza del Evangelio y su compromiso con el pueblo eran parte de su propia vida; buscaba en la oración y en el silencio escuchar el silencio de Dios, que le decía a su corazón, a su mente y espíritu.
Unos días antes de su asesinato, fue entrevistado por unos periodistas, quienes le advirtieron que se había puesto en la mira de los militares y él asintiendo con ellos, les dijo: “Sí, he sido frecuentemente amenazado de muerte, pero debo decirles que como cristiano no creo en la muerte sin resurrección. Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Se lo digo sin ninguna jactancia, con la más grande humildad. Ojalá, sí, se convencieran de que perderán su tiempo. Un obispo morirá, pero la iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás”.
El Papa Francisco buscó con justicia reparar del olvido al mártir y profeta y restablecer el testimonio de quien mostró el camino de la fe y la esperanza.
Canonizado está ya el “tiempo”: no hace falta explicar qué quiere decir “el 24 de marzo”, como no hace falta explicar qué quiere decir el 24 de diciembre o el 10 de agosto aquí en el Ecuador.
Si los políticos que -aniversario del martirio San Romero- participaron en el proceso electoral, tuvieran la sabia de San Romero, podrían canonizar (santificar) este día, como una fecha de cambio, de tiempos nuevos, de esperanza, de alegre despertar.
Pero, muy por el contrario, en un corto tiempo más, será una fecha olvidada y a la que seguramente nadie querrá recordar. (O)
El martirio de San Romero canonizó el tiempo: no hace falta explicar qué quiere decir 24 de marzo. Desventurada coincidencia.