Campo, arte y ciudad

El proceso e historia del campo ecuatoriano es denso y complejo. La milenaria presencia de pueblos y nacionalidades indígenas originarias, así como la del ancestral régimen simbólico andino, configura el espacio donde ha tenido lugar el choque de culturas y de civilizaciones entre occidente y los pueblos nativos americanos a raíz de la conquista y colonización europea.


Dicho choque, representado en la sociedad colonial hasta finales del siglo XX a través de las figuras antagónicas de la hacienda y el huasipungo, no terminó con la independencia y la fundación de la república sino que, por el contrario, continúa hasta hoy como ha señalado Bolívar Echeverría, aunque, lenta y dolorosamente, han sido reconocidos derechos de distinta índole a favor de los pueblos originarios.


Como expresión particular de nuestro mestizaje, para muchos habitantes urbanos con infancias vividas a caballo entre el campo y la ciudad, la tierra es sinónimo de cultura, y quizás por ello es necesario hacer una diferencia entre indígena y campesino antes de abordar el reclamo indígena, el cual tiene que ver hoy básicamente con llegar a la posesión efectiva, jurídicamente hablando, de los espacios físicos habitados, es decir con conseguir que el nexo inmaterial creado sobre estos se traduzca en un título legal.


En realidad el desafío hoy continúa siendo construir el estado plurinacional definido por la Constitución de Montecristi. Sin embargo, hemos vivido por décadas la descampesinización y abandono del espacio rural, consecuencia de no haber generado políticas integrales para el sector.
El imaginario rural indígena ha sido objeto reiterado de embates originados en la urbe siendo que, en ese encuentro entre lo urbano y lo rural, se puede resumir, en efecto, la disputa y enfrentamiento entre Occidente y las culturas originarias.


Y esto está en la raíz de lo que con el tiempo se transformaría en objeto de reivindicación para sucesivas generaciones de intelectuales nacionales, como si una suerte de sentimiento de culpa guiase las decisiones del artista citadino. Dicho proceso resulta visible en todas las disciplinas del arte nacional a lo largo del siglo XX pues voltear la mirada al campo resultó una suerte de deber moral inevitable e incluso inexplicable que culminó con el surgimiento del indigenismo, es decir, aquel arte, o aquellas obras, de ambiente indígena no hechas por indígenas. (O)

Campo, arte y ciudad

El proceso e historia del campo ecuatoriano es denso y complejo. La milenaria presencia de pueblos y nacionalidades indígenas originarias, así como la del ancestral régimen simbólico andino, configura el espacio donde ha tenido lugar el choque de culturas y de civilizaciones entre occidente y los pueblos nativos americanos a raíz de la conquista y colonización europea.


Dicho choque, representado en la sociedad colonial hasta finales del siglo XX a través de las figuras antagónicas de la hacienda y el huasipungo, no terminó con la independencia y la fundación de la república sino que, por el contrario, continúa hasta hoy como ha señalado Bolívar Echeverría, aunque, lenta y dolorosamente, han sido reconocidos derechos de distinta índole a favor de los pueblos originarios.


Como expresión particular de nuestro mestizaje, para muchos habitantes urbanos con infancias vividas a caballo entre el campo y la ciudad, la tierra es sinónimo de cultura, y quizás por ello es necesario hacer una diferencia entre indígena y campesino antes de abordar el reclamo indígena, el cual tiene que ver hoy básicamente con llegar a la posesión efectiva, jurídicamente hablando, de los espacios físicos habitados, es decir con conseguir que el nexo inmaterial creado sobre estos se traduzca en un título legal.


En realidad el desafío hoy continúa siendo construir el estado plurinacional definido por la Constitución de Montecristi. Sin embargo, hemos vivido por décadas la descampesinización y abandono del espacio rural, consecuencia de no haber generado políticas integrales para el sector.
El imaginario rural indígena ha sido objeto reiterado de embates originados en la urbe siendo que, en ese encuentro entre lo urbano y lo rural, se puede resumir, en efecto, la disputa y enfrentamiento entre Occidente y las culturas originarias.


Y esto está en la raíz de lo que con el tiempo se transformaría en objeto de reivindicación para sucesivas generaciones de intelectuales nacionales, como si una suerte de sentimiento de culpa guiase las decisiones del artista citadino. Dicho proceso resulta visible en todas las disciplinas del arte nacional a lo largo del siglo XX pues voltear la mirada al campo resultó una suerte de deber moral inevitable e incluso inexplicable que culminó con el surgimiento del indigenismo, es decir, aquel arte, o aquellas obras, de ambiente indígena no hechas por indígenas. (O)