Cae la inversión

A pesar de los 36.160 millones de dólares (incluida la compra de los derivados de petróleo) que contempla la Proforma Presupuestaria para los gastos totales del próximo año, la inversión pública seguirá reduciéndose, tal como ha ocurrido desde el 2015. Esta política agravaría las serias dificultades que enfrenta la actividad productiva y la generación de trabajo y empleo. Si consideramos que el crecimiento estimado del PIB para el 2019 es del orden del 1.4% (por debajo de la tasa de crecimiento poblacional que alcanza el 1.5%) nos enfrentamos a un serio problema: La imposibilidad de ejecutar una política contra cíclica, indispensable, cuando la economía va “cuesta abajo en su rodada”. Son tremendas las complicaciones que pueden sobrevenir respecto a los supuestos y proyecciones. Me refiero, por ejemplo, al precio promedio del petróleo (58.29 dólares por barril) así como las disponibilidades de crédito, tanto internas como externas. Lo que es más grave, no veo en el horizonte cercano la voluntad firme por parte de la inversión privada (interna y externa) como para “reemplazar” -como se ha gritado a los cuatro vientos- a la inversión pública. Una y otra vez se ha dicho que el “excesivo” gasto estatal, desplaza la inversión privada. ¿Dónde está la misma? ¿En dónde están los 9.000 y tantos millones publicitados por el Ministro Campana?
Por otro lado, llama sobremanera la atención, la insistencia de las cámaras que exigen más recortes en el gasto y más incentivos y rebajas tributarias (a pesar de ya no existir el anticipo del impuesto a la renta como impuesto mínimo, a dicho impuesto lo quieren “bien muerto”. La eliminación del impuesto a la salida de divisas, a pesar de contemplarse un abultado crédito tributario, también lo quieren ver “bien muerto”). Más recortes fiscales ahondarían el problema y nos colocarían ad portas de una recesión (que no se descarta aún sin la “tzantza” fiscal que piden ciertas élites). Además, hay que anotar que, por el lado de los ingresos, es muy probable que las metas de recaudación tributaria no se cumplan debido a la plena vigencia de la generosa Ley de Fomento Productivo. Es muy probable, también, que los 1.000 millones de dólares de ingreso previstos por la “monetización/privatización/concesión de los activos no se obtengan. En fin, múltiples y fuertes son los escollos que se encuentran en el duro camino de las finanzas públicas. De manera que el 2019 aparece como un año fiscal de pronóstico reservado. (O)


Es probable que las metas de recaudación tributaria no se cumplan debido a la plena vigencia de la generosa Ley de Fomento Productivo.

Cae la inversión

A pesar de los 36.160 millones de dólares (incluida la compra de los derivados de petróleo) que contempla la Proforma Presupuestaria para los gastos totales del próximo año, la inversión pública seguirá reduciéndose, tal como ha ocurrido desde el 2015. Esta política agravaría las serias dificultades que enfrenta la actividad productiva y la generación de trabajo y empleo. Si consideramos que el crecimiento estimado del PIB para el 2019 es del orden del 1.4% (por debajo de la tasa de crecimiento poblacional que alcanza el 1.5%) nos enfrentamos a un serio problema: La imposibilidad de ejecutar una política contra cíclica, indispensable, cuando la economía va “cuesta abajo en su rodada”. Son tremendas las complicaciones que pueden sobrevenir respecto a los supuestos y proyecciones. Me refiero, por ejemplo, al precio promedio del petróleo (58.29 dólares por barril) así como las disponibilidades de crédito, tanto internas como externas. Lo que es más grave, no veo en el horizonte cercano la voluntad firme por parte de la inversión privada (interna y externa) como para “reemplazar” -como se ha gritado a los cuatro vientos- a la inversión pública. Una y otra vez se ha dicho que el “excesivo” gasto estatal, desplaza la inversión privada. ¿Dónde está la misma? ¿En dónde están los 9.000 y tantos millones publicitados por el Ministro Campana?
Por otro lado, llama sobremanera la atención, la insistencia de las cámaras que exigen más recortes en el gasto y más incentivos y rebajas tributarias (a pesar de ya no existir el anticipo del impuesto a la renta como impuesto mínimo, a dicho impuesto lo quieren “bien muerto”. La eliminación del impuesto a la salida de divisas, a pesar de contemplarse un abultado crédito tributario, también lo quieren ver “bien muerto”). Más recortes fiscales ahondarían el problema y nos colocarían ad portas de una recesión (que no se descarta aún sin la “tzantza” fiscal que piden ciertas élites). Además, hay que anotar que, por el lado de los ingresos, es muy probable que las metas de recaudación tributaria no se cumplan debido a la plena vigencia de la generosa Ley de Fomento Productivo. Es muy probable, también, que los 1.000 millones de dólares de ingreso previstos por la “monetización/privatización/concesión de los activos no se obtengan. En fin, múltiples y fuertes son los escollos que se encuentran en el duro camino de las finanzas públicas. De manera que el 2019 aparece como un año fiscal de pronóstico reservado. (O)


Es probable que las metas de recaudación tributaria no se cumplan debido a la plena vigencia de la generosa Ley de Fomento Productivo.