¿Buen periodismo?

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El conocimiento es poder, dice una frase atribuida a Francis Bacon, de la cual se desprende la idea de que “la información es poder.” En realidad habría sido Hobbes quien formuló tal concepto en El Leviatán. Convengamos, de cualquier forma, que es el equilibrio entre información y conocimiento lo que puede derivar en poder, porque no sirve de nada tener una avalancha de datos si no se sabe cómo usarlos, o cómo descifrarlos. Quien tiene el sartén por el mango no es quien sabe dónde encontrar determinado material, sino el que sabe cómo usar aquello que encontró. Parece lógico.
La información, per se, no es sinónimo de conocimiento, en especial aquella que se accede con un golpe de click en internet, ese océano de superficialidad dominado por algoritmos de lo banal o esa fuente inagotable de consulta y referencias, dependiendo del caso. Por eso cuando hablamos de poder hablamos de información privilegiada, así como de las herramientas que nos permiten descifrarla y organizarla, y ahí está uno de los roles centrales del periodismo, del bueno, de aquel que cultiva el afán de guiar a la ciudadanía para distinguir entre lo que es información de calidad o simple basura. El buen periodismo emplea datos ciertos, utiliza fuentes verificables y no confunde opinión con hechos. Ya lo dijo Séneca: «El lenguaje de la verdad debe ser, sin duda alguna, simple y sin artificios.”
Entonces, aquellos “justicieros/as” con micrófono o rotativas, que deciden quien merece el cielo y quien el infierno, aceptando como normales las filtraciones de procedimientos judiciales que son secretos, utilizando lo que, siendo ilícito, les sirve para destruir su objetivo, prescindiendo de derechos básicos como el de la presunción de inocencia o el derecho de defensa, ocasionan que, al final del día, se dañe a la propia justicia y se beneficie a quien, en otras circunstancias, hubiera respondido ante la misma.
Un periodista no puede determinar lo que está bien o lo que está mal. El periodismo está para garantizar el derecho a la información, para mostrar la realidad y, eventualmente, para dar voz a los silenciados, para informar en definitiva. Y tiene espacios propios para opinar, como esta columna por ejemplo, o las tribunas o los editoriales. Pero no se puede vestir de información la opinión. No se debe usar a los medios como herramientas del juego de los partidos políticos ni para acosar mediáticamente a las personas. Porque esa es la muerte del periodismo. Lastimosamente lo vemos todos los días. (O)
El periodismo está para garantizar el derecho a la información, para mostrar la realidad y, eventualmente, para dar voz a los silenciados.

¿Buen periodismo?

El conocimiento es poder, dice una frase atribuida a Francis Bacon, de la cual se desprende la idea de que “la información es poder.” En realidad habría sido Hobbes quien formuló tal concepto en El Leviatán. Convengamos, de cualquier forma, que es el equilibrio entre información y conocimiento lo que puede derivar en poder, porque no sirve de nada tener una avalancha de datos si no se sabe cómo usarlos, o cómo descifrarlos. Quien tiene el sartén por el mango no es quien sabe dónde encontrar determinado material, sino el que sabe cómo usar aquello que encontró. Parece lógico.
La información, per se, no es sinónimo de conocimiento, en especial aquella que se accede con un golpe de click en internet, ese océano de superficialidad dominado por algoritmos de lo banal o esa fuente inagotable de consulta y referencias, dependiendo del caso. Por eso cuando hablamos de poder hablamos de información privilegiada, así como de las herramientas que nos permiten descifrarla y organizarla, y ahí está uno de los roles centrales del periodismo, del bueno, de aquel que cultiva el afán de guiar a la ciudadanía para distinguir entre lo que es información de calidad o simple basura. El buen periodismo emplea datos ciertos, utiliza fuentes verificables y no confunde opinión con hechos. Ya lo dijo Séneca: «El lenguaje de la verdad debe ser, sin duda alguna, simple y sin artificios.”
Entonces, aquellos “justicieros/as” con micrófono o rotativas, que deciden quien merece el cielo y quien el infierno, aceptando como normales las filtraciones de procedimientos judiciales que son secretos, utilizando lo que, siendo ilícito, les sirve para destruir su objetivo, prescindiendo de derechos básicos como el de la presunción de inocencia o el derecho de defensa, ocasionan que, al final del día, se dañe a la propia justicia y se beneficie a quien, en otras circunstancias, hubiera respondido ante la misma.
Un periodista no puede determinar lo que está bien o lo que está mal. El periodismo está para garantizar el derecho a la información, para mostrar la realidad y, eventualmente, para dar voz a los silenciados, para informar en definitiva. Y tiene espacios propios para opinar, como esta columna por ejemplo, o las tribunas o los editoriales. Pero no se puede vestir de información la opinión. No se debe usar a los medios como herramientas del juego de los partidos políticos ni para acosar mediáticamente a las personas. Porque esa es la muerte del periodismo. Lastimosamente lo vemos todos los días. (O)
El periodismo está para garantizar el derecho a la información, para mostrar la realidad y, eventualmente, para dar voz a los silenciados.

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