Apellidos

Dos años atrás una prima argentina vino a visitarme a Cuenca. Apenas bajó de la buseta que la trajo desde Guayaquil me dijo: “Son raros en esta ciudad”.
Yo no salía de mi asombro. Recién había llegado y ya le parecían extraños los cuencanos.
“Venía en la buseta y una señora me preguntó por qué viajaba a Cuenca, le dije que a verte, me preguntó tu apellido, le respondí que no eras cuencano sino que te habías casado con una cuencana, me preguntó el apellido de tu esposa, le dije que te habías divorciado, me preguntó el apellido de tu exmujer”.
Sin pisar Cuenca, mi prima había sido sometida a lo que en una columna anterior yo denominaba “la coordenada de los apellidos”, o el mapa que los habitantes de esta ciudad utilizan para navegar por las vidas pasadas, presentes y futuras.
Lo que tal vez comenzó como una cuestión de clase, es hoy -en mi percepción- una forma rápida y honesta de ubicar a una persona en un universo tan hiperlocal como globalizado.
El mecanismo es por todos conocido. Primero se pregunta el apellido e inmediatamente se busca, como en un Google tomebambesco, un elemento en común entre hablante y oyente:
“Tu mamá se graduó con mi tía”, “mi ñaño jugó contigo al fútbol”, “nuestros padres son amigos de la infancia”, “mi hija hace danza con tu prima”.
Pero esto que hoy me fascina, cuando recién llegué me acomplejaba.
Como extranjero, uno dice su apellido y se producen unos segundos de vacilación hasta que el cuencano -en una suerte de reseteo- acepta que la conversación debe comenzar sin esa ventaja que brinda compartir un fragmento de vida.
Yo, en esos segundos eternos de duda, comencé a bromear con que era de los Zibell de Azogues, para romper el hielo y establecer una mínima complicidad con mi interlocutor.
Por eso, se imaginarán mi alegría cuando la semana pasada mi hijo mayor tuvo un maestro nuevo de inglés en la escuela quien, al escuchar su apellido, le dijo “tu padre fue profesor mío en la universidad”.
Eso es, quizás, el mayor legado para mis dos niños: no la camiseta de Messi ni un dejo de la “y” cuando pronuncian “calle”.
Hoy sé que les dejo esa sutil membresía a la coordenada de apellidos que, en el futuro, les ahorrará segundos vitales de vacilación, duda y entelequia. (O)

Apellidos

Dos años atrás una prima argentina vino a visitarme a Cuenca. Apenas bajó de la buseta que la trajo desde Guayaquil me dijo: “Son raros en esta ciudad”.
Yo no salía de mi asombro. Recién había llegado y ya le parecían extraños los cuencanos.
“Venía en la buseta y una señora me preguntó por qué viajaba a Cuenca, le dije que a verte, me preguntó tu apellido, le respondí que no eras cuencano sino que te habías casado con una cuencana, me preguntó el apellido de tu esposa, le dije que te habías divorciado, me preguntó el apellido de tu exmujer”.
Sin pisar Cuenca, mi prima había sido sometida a lo que en una columna anterior yo denominaba “la coordenada de los apellidos”, o el mapa que los habitantes de esta ciudad utilizan para navegar por las vidas pasadas, presentes y futuras.
Lo que tal vez comenzó como una cuestión de clase, es hoy -en mi percepción- una forma rápida y honesta de ubicar a una persona en un universo tan hiperlocal como globalizado.
El mecanismo es por todos conocido. Primero se pregunta el apellido e inmediatamente se busca, como en un Google tomebambesco, un elemento en común entre hablante y oyente:
“Tu mamá se graduó con mi tía”, “mi ñaño jugó contigo al fútbol”, “nuestros padres son amigos de la infancia”, “mi hija hace danza con tu prima”.
Pero esto que hoy me fascina, cuando recién llegué me acomplejaba.
Como extranjero, uno dice su apellido y se producen unos segundos de vacilación hasta que el cuencano -en una suerte de reseteo- acepta que la conversación debe comenzar sin esa ventaja que brinda compartir un fragmento de vida.
Yo, en esos segundos eternos de duda, comencé a bromear con que era de los Zibell de Azogues, para romper el hielo y establecer una mínima complicidad con mi interlocutor.
Por eso, se imaginarán mi alegría cuando la semana pasada mi hijo mayor tuvo un maestro nuevo de inglés en la escuela quien, al escuchar su apellido, le dijo “tu padre fue profesor mío en la universidad”.
Eso es, quizás, el mayor legado para mis dos niños: no la camiseta de Messi ni un dejo de la “y” cuando pronuncian “calle”.
Hoy sé que les dejo esa sutil membresía a la coordenada de apellidos que, en el futuro, les ahorrará segundos vitales de vacilación, duda y entelequia. (O)