Amar el terruño

Hace unas semanas –algunas ya- pasé por la botica del barrio en busca de una medicina y mientras saludaba con la farmacéutica asomó su esposo y al mirarme me dijo: “espérese, tengo un regalo para usted” y, sin darme tiempo a reaccionar, la mujer agregó: yo sí sé qué es, un libro. Con Edmundo Teodoro Jerves Jerves somos vecinos desde hace cuatro décadas, de los primeros pobladores del barrio ubicado a orillas del Tomebamba, al otro lado de El Paraíso. Al entregarme su obra me dijo: “yo sé que le va a gustar” y salió apresurado.
“Mi Pueblo y la Tradición Andina” es la obra escrita por este ilustre personaje de Hazmal de Guachapala. La primera impresión que experimenté cuando ya tuve entre mis manos este voluminoso estudio fue su elegante presentación y el prolijo ordenamiento tanto de sus capítulos así como del impresionante material fotográfico. Luego de la primera ojeada pensé para mis adentros: cómo la agitada vida ciudadana nos impide conocer a los vecinos del barrio.  En verdad a inicios de la década de los 70, aquí llegamos en búsqueda de un sitio para nuestra  descendencia y son nuestros hijos quienes más conocimiento tienen del barrio y su cotidianeidad.
La obra de Edmundo Teodoro Jerves, es en realidad una enciclopedia que nos permite indagar en una historia de cuatro siglos, no precisamente con la visión del historiador que recolecta datos para reconstruir el pasado, sino fundamentalmente del analista que advierte en la actividad económica y social el desarrollo progresivo de la comunidad, y lo hace no con la tradicional posición del conquistador o del conquistado, sino con la objetividad de quien aspira a entender por qué y cómo llegamos hasta aquí. No se trata precisamente de ‘imparcialidad’, sí, de desarrollo dialéctico, entendido no desde la academia, no desde los poderes político, económico, mediático, sino desde la comunidad, la minga, de la simple necesidad de vivir; no desde lo urbano, sí desde lo rural; desde el ‘último rincón’ de la patria.
Desde esta columna saludo a mi vecino por este llamado de atención: qué importante es amar al terruño, sentirse íntimamente ligado a él, sin reclamar nada y sin cantos de sirena. La revisión de su obra refuerza mi convencimiento sobre el ser ‘ciudadano’, es decir, la importancia que encierra la conservación del patrimonio natural, proteger lo ancestral, no permitir que la ‘modernidad’ destruya los valores auténticos de la nacionalidad. En el terruño nace la patria. (O)
Como cambiaría
el rumbo del país si desde cada ‘último rincón’ nos llegara su historia ancestral escrita.

Amar el terruño

Hace unas semanas –algunas ya- pasé por la botica del barrio en busca de una medicina y mientras saludaba con la farmacéutica asomó su esposo y al mirarme me dijo: “espérese, tengo un regalo para usted” y, sin darme tiempo a reaccionar, la mujer agregó: yo sí sé qué es, un libro. Con Edmundo Teodoro Jerves Jerves somos vecinos desde hace cuatro décadas, de los primeros pobladores del barrio ubicado a orillas del Tomebamba, al otro lado de El Paraíso. Al entregarme su obra me dijo: “yo sé que le va a gustar” y salió apresurado.
“Mi Pueblo y la Tradición Andina” es la obra escrita por este ilustre personaje de Hazmal de Guachapala. La primera impresión que experimenté cuando ya tuve entre mis manos este voluminoso estudio fue su elegante presentación y el prolijo ordenamiento tanto de sus capítulos así como del impresionante material fotográfico. Luego de la primera ojeada pensé para mis adentros: cómo la agitada vida ciudadana nos impide conocer a los vecinos del barrio.  En verdad a inicios de la década de los 70, aquí llegamos en búsqueda de un sitio para nuestra  descendencia y son nuestros hijos quienes más conocimiento tienen del barrio y su cotidianeidad.
La obra de Edmundo Teodoro Jerves, es en realidad una enciclopedia que nos permite indagar en una historia de cuatro siglos, no precisamente con la visión del historiador que recolecta datos para reconstruir el pasado, sino fundamentalmente del analista que advierte en la actividad económica y social el desarrollo progresivo de la comunidad, y lo hace no con la tradicional posición del conquistador o del conquistado, sino con la objetividad de quien aspira a entender por qué y cómo llegamos hasta aquí. No se trata precisamente de ‘imparcialidad’, sí, de desarrollo dialéctico, entendido no desde la academia, no desde los poderes político, económico, mediático, sino desde la comunidad, la minga, de la simple necesidad de vivir; no desde lo urbano, sí desde lo rural; desde el ‘último rincón’ de la patria.
Desde esta columna saludo a mi vecino por este llamado de atención: qué importante es amar al terruño, sentirse íntimamente ligado a él, sin reclamar nada y sin cantos de sirena. La revisión de su obra refuerza mi convencimiento sobre el ser ‘ciudadano’, es decir, la importancia que encierra la conservación del patrimonio natural, proteger lo ancestral, no permitir que la ‘modernidad’ destruya los valores auténticos de la nacionalidad. En el terruño nace la patria. (O)
Como cambiaría
el rumbo del país si desde cada ‘último rincón’ nos llegara su historia ancestral escrita.