Agustín, el pionero

Parece mitad mito urbano y mitad realidad, pero la verdad es que escuché la historia de boca del hijo del protagonista: a muy tierna edad don Agustín Cuesta Ordoñez debió huir de su natal Cuenca tras un pavoroso incendio provocado por el proyector de películas con el que hacía funciones itinerantes. Eso lo llevó a Colombia por más de tres décadas. Durante su larga estancia en aquel país dos anécdotas saltan a la vista. La primera tiene que ver cuando la Conferencia Episcopal colombiana contrata los servicios de Agustín para que cubra la magna visita de un emisario del Vaticano. Inspirado, Cuesta decide hacer la filmación en cámara lenta para darle mayor dramatismo, pero comete un error de principiante: en lugar de grabar más cuadros por segundo, para hacerla más lenta, hace que la cámara grabe menos cuadros por segundo obteniendo el resultado completamente inverso: los personajes caminan muy rápido y atropelladamente. En lugar de mayor dramatismo consiguió ridiculez y comedia.


Habiendo cobrado ya parte del dinero, Agustín huye nuevamente, pero esta vez con destino al Ecuador. En su viaje de regreso haría lo que siempre hizo: funciones itinerantes de películas de pueblo en pueblo. Entre los materiales que proyectaba estaba la misa celebrada en honor a una milagrosa virgen colombiana al borde de un río. A los espectadores les preguntaba si querían la entrada con piedra o sin piedra santa, directamente del río de la celebración. Muchos incautos creyeron que compraban piedras bendecidas, con poderes milagrosos, cuando en realidad se trataba de simples piedras del camino. Ya en Quito, algunos años después, Cuesta registraría momentos únicos de la historia nacional. Entre esos se cuentan algunos golpes de Estado. Y, precisamente, cuando se desarrollaba uno, apostado con su cámara en la Plaza de la Independencia, mientras se acercaba una tanqueta con el general sublevado abordo, Agustín nota que se le acaba el rollo. Desesperado, se para frente al tanque y dice “un momento mi general, cambio el rollo”. Desconcertado el militar espera hasta que Agustín cambie el rollo de la cámara y tras hacerlo este le grita “adelante!”, como quien decía “acción!”


Vidas más cinematográficas que sus propias obras. Así son algunas de las anécdotas de quienes vivieron e hicieron el cine nacional, como esta de don Agustín Cuesta, protagonista de su propio Cinema Paradiso. Historias que piden y esperan ser contadas. (O)

Agustín, el pionero

Parece mitad mito urbano y mitad realidad, pero la verdad es que escuché la historia de boca del hijo del protagonista: a muy tierna edad don Agustín Cuesta Ordoñez debió huir de su natal Cuenca tras un pavoroso incendio provocado por el proyector de películas con el que hacía funciones itinerantes. Eso lo llevó a Colombia por más de tres décadas. Durante su larga estancia en aquel país dos anécdotas saltan a la vista. La primera tiene que ver cuando la Conferencia Episcopal colombiana contrata los servicios de Agustín para que cubra la magna visita de un emisario del Vaticano. Inspirado, Cuesta decide hacer la filmación en cámara lenta para darle mayor dramatismo, pero comete un error de principiante: en lugar de grabar más cuadros por segundo, para hacerla más lenta, hace que la cámara grabe menos cuadros por segundo obteniendo el resultado completamente inverso: los personajes caminan muy rápido y atropelladamente. En lugar de mayor dramatismo consiguió ridiculez y comedia.


Habiendo cobrado ya parte del dinero, Agustín huye nuevamente, pero esta vez con destino al Ecuador. En su viaje de regreso haría lo que siempre hizo: funciones itinerantes de películas de pueblo en pueblo. Entre los materiales que proyectaba estaba la misa celebrada en honor a una milagrosa virgen colombiana al borde de un río. A los espectadores les preguntaba si querían la entrada con piedra o sin piedra santa, directamente del río de la celebración. Muchos incautos creyeron que compraban piedras bendecidas, con poderes milagrosos, cuando en realidad se trataba de simples piedras del camino. Ya en Quito, algunos años después, Cuesta registraría momentos únicos de la historia nacional. Entre esos se cuentan algunos golpes de Estado. Y, precisamente, cuando se desarrollaba uno, apostado con su cámara en la Plaza de la Independencia, mientras se acercaba una tanqueta con el general sublevado abordo, Agustín nota que se le acaba el rollo. Desesperado, se para frente al tanque y dice “un momento mi general, cambio el rollo”. Desconcertado el militar espera hasta que Agustín cambie el rollo de la cámara y tras hacerlo este le grita “adelante!”, como quien decía “acción!”


Vidas más cinematográficas que sus propias obras. Así son algunas de las anécdotas de quienes vivieron e hicieron el cine nacional, como esta de don Agustín Cuesta, protagonista de su propio Cinema Paradiso. Historias que piden y esperan ser contadas. (O)