Aequator

Visto

“Ecuador, nombre postizo y sin significación, propicio a las equivocaciones y las tergiversaciones” decía el literato, historiador y diplomático Leopoldo Benítez Vinueza en su capital ensayo “Ecuador: Drama y Paradoja”, mientras que el historiador guayaquileño Efrén Avilés Pino señala que “el Ecuador debe su nombre a diversos hechos que a través de los años se conjugaron para borrar el histórico nombre de Quito” y, concretamente en relación a la Constituyente de 1830, señala que “lamentablemente dejó a un lado el nombre ancestral de Quito -que le hubiera correspondido al nuevo Estado- y adoptó el de “Estado del Ecuador en Colombia”.
Es posible explicar en parte la resistencia en torno al nombre del país, hoy superada, porque durante la centenaria disputa limítrofe con Perú, y con la propia Colombia, la defensa ecuatoriana argumentó fundamentalmente que los límites debían fijarse en función de los antiguos territorios del Reino o la Audiencia de Quito y no de la joven República heredera apenas del Distrito del Sur de la Gran Colombia.
La verdad es que la historiografía nacional no abunda en detalles y explicaciones sobre las circunstancias que llevaron a los constituyentes a la adopción del nombre, ni sobre cuáles fueron las causas y el contexto que condicionaron tal decisión. Por ejemplo, si revisamos una obra emblemática como la “Historia General de la República del Ecuador”, de Federico González Suárez, publicada entre 1890 y 1895, se señala simplemente que “La actual nación americana, conocida entre los pueblos civilizados con el nombre de República del Ecuador, no comenzó a tener vida independiente en el orden civil y político sino el año de 1830.” Pedro Fermín Cevallos, considerado el más importante historiador ecuatoriano decimonónico sobre la independencia, prácticamente no hace ninguna mención en sus obras al por qué de la adopción del nombre. Mientras en “La Nueva Historia del Ecuador” y en el “Resumen de Historia del Ecuador”, ambas de Enrique Ayala Mora, se dice que: “El tradicional nombre de Quito, herencia indígena mantenida por la Real Audiencia, despertó resistencia entre los representantes guayaquileños y cuencanos. En aras de la unidad se resolvió llamar al nuevo Estado como lo habían hecho los sabios franceses que lo visitaron años atrás para hacer estudios sobre la línea equinoccial. De este modo nació el Ecuador.”  Es decir, las referencias al bautizo del país suelen ser generales y sucintas y reflejan, casi siempre, una suerte de injusticia cometida con el nombre de Quito, pero no explican la pérdida de “prestigio” de este último o las causas de su inviabilidad histórica, es decir, no profundizan en los “por qué” de dicha decisión. Ampliaremos. (O)
Las referencias al bautizo
del país
suelen ser generales y sucintas y reflejan,
casi siempre, una suerte de injusticia.

Aequator

“Ecuador, nombre postizo y sin significación, propicio a las equivocaciones y las tergiversaciones” decía el literato, historiador y diplomático Leopoldo Benítez Vinueza en su capital ensayo “Ecuador: Drama y Paradoja”, mientras que el historiador guayaquileño Efrén Avilés Pino señala que “el Ecuador debe su nombre a diversos hechos que a través de los años se conjugaron para borrar el histórico nombre de Quito” y, concretamente en relación a la Constituyente de 1830, señala que “lamentablemente dejó a un lado el nombre ancestral de Quito -que le hubiera correspondido al nuevo Estado- y adoptó el de “Estado del Ecuador en Colombia”.
Es posible explicar en parte la resistencia en torno al nombre del país, hoy superada, porque durante la centenaria disputa limítrofe con Perú, y con la propia Colombia, la defensa ecuatoriana argumentó fundamentalmente que los límites debían fijarse en función de los antiguos territorios del Reino o la Audiencia de Quito y no de la joven República heredera apenas del Distrito del Sur de la Gran Colombia.
La verdad es que la historiografía nacional no abunda en detalles y explicaciones sobre las circunstancias que llevaron a los constituyentes a la adopción del nombre, ni sobre cuáles fueron las causas y el contexto que condicionaron tal decisión. Por ejemplo, si revisamos una obra emblemática como la “Historia General de la República del Ecuador”, de Federico González Suárez, publicada entre 1890 y 1895, se señala simplemente que “La actual nación americana, conocida entre los pueblos civilizados con el nombre de República del Ecuador, no comenzó a tener vida independiente en el orden civil y político sino el año de 1830.” Pedro Fermín Cevallos, considerado el más importante historiador ecuatoriano decimonónico sobre la independencia, prácticamente no hace ninguna mención en sus obras al por qué de la adopción del nombre. Mientras en “La Nueva Historia del Ecuador” y en el “Resumen de Historia del Ecuador”, ambas de Enrique Ayala Mora, se dice que: “El tradicional nombre de Quito, herencia indígena mantenida por la Real Audiencia, despertó resistencia entre los representantes guayaquileños y cuencanos. En aras de la unidad se resolvió llamar al nuevo Estado como lo habían hecho los sabios franceses que lo visitaron años atrás para hacer estudios sobre la línea equinoccial. De este modo nació el Ecuador.”  Es decir, las referencias al bautizo del país suelen ser generales y sucintas y reflejan, casi siempre, una suerte de injusticia cometida con el nombre de Quito, pero no explican la pérdida de “prestigio” de este último o las causas de su inviabilidad histórica, es decir, no profundizan en los “por qué” de dicha decisión. Ampliaremos. (O)
Las referencias al bautizo
del país
suelen ser generales y sucintas y reflejan,
casi siempre, una suerte de injusticia.

Visto