Adiós a la bodega


Quienes tenemos más de treinta años estamos viviendo el cambio de paradigma respecto a la acumulación de pertenencias dentro de nuestros hogares.  Durante nuestra infancia vivimos en un ambiente cargado de varios juegos de muebles, vajillas del diario y las ‘finas’ (reservadas para los eventos especiales), cientos de adornos, figuritas y recuerdos de celebraciones religiosas, electrodomésticos por duplicado y un largo etcétera.
Y es que recorrer las amplias bodegas de la casa se convertía en la aventura de investigar la historia de la familia a través de fotografías antiguas, bicicletas oxidadas, máquinas dañadas y mucha papelería (muchísima). “Algún día servirá” -decían nuestros padres-, bien sea para deshuesarlo para repuestos, para regalar a alguien, para vender…; mas, en el 99% de los casos, ninguno de los supuestos se cumplía. Pero eran buenas excusas para evitar que nuestros preciados recuerdos terminen en el depósito de la basura.
Hasta hace poco, todos eramos coleccionistas: nos gustaba acumular libros, cassettes, CD, envases de cerveza, cajas de fósforos, frascos de perfume, gorras, llaveros, carros de juguete. La galería ocupaba un lugar privilegiado en el dormitorio o en el tradicional “estudio” de la casa. En definitiva, poseer bienes materiales, al margen de su estado o utilidad, nos daba esa sensación de seguridad. De haber conseguido algo en la vida.
Por supuesto, esto es perfectamente explicable: las casas de antaño eran mucho más grandes que las de hoy; la oferta de productos no era tan amplia y la durabilidad de las cosas era “para toda la vida”. Asimismo, al tener hoy una moneda fuerte como el dólar, el acceso a productos importados es mucho más fácil (una tostadora cuesta menos que una salida a comer), por lo que si un accesorio, un electrodoméstico o un aparato electrónico se daña o ya no nos sirve, simplemente se lo bota y reemplaza.
Hoy la música, libros, videos, documentos, cartas, archivos están almacenados en desconocida dimensión denominada “la nube”. Y aquellas cosas que todavía compramos en su mayoría tienen origen asiático y carácter descartable. El tradicional estudio de las casas es ahora un comedor con una laptop. Ha cambiado el paradigma, el estilo de vida, las aspiraciones. ¿Ha disminuido el voraz consumismo? Quizá solamente ha cambiado la forma de almacenamiento. (O)

Adiós a la bodega


Quienes tenemos más de treinta años estamos viviendo el cambio de paradigma respecto a la acumulación de pertenencias dentro de nuestros hogares.  Durante nuestra infancia vivimos en un ambiente cargado de varios juegos de muebles, vajillas del diario y las ‘finas’ (reservadas para los eventos especiales), cientos de adornos, figuritas y recuerdos de celebraciones religiosas, electrodomésticos por duplicado y un largo etcétera.
Y es que recorrer las amplias bodegas de la casa se convertía en la aventura de investigar la historia de la familia a través de fotografías antiguas, bicicletas oxidadas, máquinas dañadas y mucha papelería (muchísima). “Algún día servirá” -decían nuestros padres-, bien sea para deshuesarlo para repuestos, para regalar a alguien, para vender…; mas, en el 99% de los casos, ninguno de los supuestos se cumplía. Pero eran buenas excusas para evitar que nuestros preciados recuerdos terminen en el depósito de la basura.
Hasta hace poco, todos eramos coleccionistas: nos gustaba acumular libros, cassettes, CD, envases de cerveza, cajas de fósforos, frascos de perfume, gorras, llaveros, carros de juguete. La galería ocupaba un lugar privilegiado en el dormitorio o en el tradicional “estudio” de la casa. En definitiva, poseer bienes materiales, al margen de su estado o utilidad, nos daba esa sensación de seguridad. De haber conseguido algo en la vida.
Por supuesto, esto es perfectamente explicable: las casas de antaño eran mucho más grandes que las de hoy; la oferta de productos no era tan amplia y la durabilidad de las cosas era “para toda la vida”. Asimismo, al tener hoy una moneda fuerte como el dólar, el acceso a productos importados es mucho más fácil (una tostadora cuesta menos que una salida a comer), por lo que si un accesorio, un electrodoméstico o un aparato electrónico se daña o ya no nos sirve, simplemente se lo bota y reemplaza.
Hoy la música, libros, videos, documentos, cartas, archivos están almacenados en desconocida dimensión denominada “la nube”. Y aquellas cosas que todavía compramos en su mayoría tienen origen asiático y carácter descartable. El tradicional estudio de las casas es ahora un comedor con una laptop. Ha cambiado el paradigma, el estilo de vida, las aspiraciones. ¿Ha disminuido el voraz consumismo? Quizá solamente ha cambiado la forma de almacenamiento. (O)