5000 años

¿Cuánto tiempo atrás nos lleva la memoria colectiva de nuestro mestizaje? Cuando el país se sumó a la celebración continental de los bicentenarios de independencia y fundación republicana la cifra a recordar eran 200 años. Tiempo en el que, como sociedad, hemos vivido más situaciones convulsas y de casi extinción nacional, ciertamente, antes que largos períodos de tranquilidad y desarrollo. Aunque, al mismo tiempo, aquella cifra no haya sido más que un pestañeo en la historia de la humanidad y mucho menos que eso si lo relacionamos con la presencia de los seres humanos en el planeta. Estados Unidos, por su parte, representa a la nación joven que no solo se ha consolidado como la potencia económica más importante en el globo sino también como el modelo cultural y simbólico a seguir. Ahí se vanaglorian de su historia sin pasado. Todo es nuevo para ellos pues se trata, en efecto, de un pueblo que se ha inventado a sí mismo.
La influencia de esta matriz y su poderosa industria cultural ha hecho que el afán de vivir el sueño americano, no solo migrando sino trayéndolo a nuestro propio territorio, ha significado prácticamente olvidar todo el período anterior a  la independencia republicana o, en el mejor de los casos, llevar la memoria hasta la llegada de los españoles y la posterior conquista y colonización. De ahí que las festividades principales de nuestra imperfecta sociedad sean aquellas que conmemoran la fundación de ciudades o su respectiva liberación. Sin embargo, como una terca excepción aparecen ahí, para recordarnos como cuñas de raíces mucho más profundas, las festividades andinas del Inty o el Pawkar Raymi, aunque hay evidencias arqueológicas que alcanzan los 7000 años de antigüedad como aquella pareja de Sumpa, en Santa Elena, cuyos esqueletos yacen con los abrazos entrelazados en un abrazo inmortal.
Las huellas arquitectónicas de nuestros centros históricos nos recuerdan la relación con la metrópoli española, pero nuestra memoria colectiva no guarda recuerdos que vayan más allá en el tiempo porque el mestizaje no ha significado la posibilidad de asumir la herencia de miles de años que nuestras raíces nativas nos lo permiten. Nuestro inconcluso mestizaje ha privilegiado, desde el prejuicio y el racismo, la matriz occidental europea. Los chinos hablan con mucho orgullo de sus cinco mil años de historia ininterrumpida y desde su pedestal oriental pueden mirar con arrogancia a los occidentales, tal como un viejo sabio que instruye a un impetuoso adolescente.
Más allá de un hipotético equilibrio espiritual entre la parte india y española que llevamos, deberíamos darnos la oportunidad de asumir otras interpretaciones de nuestra historia desde fuentes que nos remitan a un pasado mucho más rico y complejo que el que apela sólo nuestra bicentenaria historia republicana. (O)

5000 años

¿Cuánto tiempo atrás nos lleva la memoria colectiva de nuestro mestizaje? Cuando el país se sumó a la celebración continental de los bicentenarios de independencia y fundación republicana la cifra a recordar eran 200 años. Tiempo en el que, como sociedad, hemos vivido más situaciones convulsas y de casi extinción nacional, ciertamente, antes que largos períodos de tranquilidad y desarrollo. Aunque, al mismo tiempo, aquella cifra no haya sido más que un pestañeo en la historia de la humanidad y mucho menos que eso si lo relacionamos con la presencia de los seres humanos en el planeta. Estados Unidos, por su parte, representa a la nación joven que no solo se ha consolidado como la potencia económica más importante en el globo sino también como el modelo cultural y simbólico a seguir. Ahí se vanaglorian de su historia sin pasado. Todo es nuevo para ellos pues se trata, en efecto, de un pueblo que se ha inventado a sí mismo.
La influencia de esta matriz y su poderosa industria cultural ha hecho que el afán de vivir el sueño americano, no solo migrando sino trayéndolo a nuestro propio territorio, ha significado prácticamente olvidar todo el período anterior a  la independencia republicana o, en el mejor de los casos, llevar la memoria hasta la llegada de los españoles y la posterior conquista y colonización. De ahí que las festividades principales de nuestra imperfecta sociedad sean aquellas que conmemoran la fundación de ciudades o su respectiva liberación. Sin embargo, como una terca excepción aparecen ahí, para recordarnos como cuñas de raíces mucho más profundas, las festividades andinas del Inty o el Pawkar Raymi, aunque hay evidencias arqueológicas que alcanzan los 7000 años de antigüedad como aquella pareja de Sumpa, en Santa Elena, cuyos esqueletos yacen con los abrazos entrelazados en un abrazo inmortal.
Las huellas arquitectónicas de nuestros centros históricos nos recuerdan la relación con la metrópoli española, pero nuestra memoria colectiva no guarda recuerdos que vayan más allá en el tiempo porque el mestizaje no ha significado la posibilidad de asumir la herencia de miles de años que nuestras raíces nativas nos lo permiten. Nuestro inconcluso mestizaje ha privilegiado, desde el prejuicio y el racismo, la matriz occidental europea. Los chinos hablan con mucho orgullo de sus cinco mil años de historia ininterrumpida y desde su pedestal oriental pueden mirar con arrogancia a los occidentales, tal como un viejo sabio que instruye a un impetuoso adolescente.
Más allá de un hipotético equilibrio espiritual entre la parte india y española que llevamos, deberíamos darnos la oportunidad de asumir otras interpretaciones de nuestra historia desde fuentes que nos remitan a un pasado mucho más rico y complejo que el que apela sólo nuestra bicentenaria historia republicana. (O)