¿Por qué marchamos este 8 de marzo?

Johanna Romero Larco

No es casual que el surgimiento del Día Internacional de la Mujer se encuentre asociado a las luchas de mujeres por demandas vinculadas al trabajo: jornadas máximas de trabajo de 8 horas, salarios dignos, condiciones de trabajo óptimas, etc. Tampoco es casual que estas demandas de hayan afrontado varios intentos violentos -por no decir masacres- por silenciarlas. Lo curioso de esto es, que estas mismas demandas subsisten un siglo más tarde pero con problemáticas aún más profundas y complejas de la época que vivimos.
Por esto las feministas usamos frecuentemente el término “estructural”, es decir, eso que está tan arraigado a nuestras prácticas sociales, que un simple cambio de leyes no incide lo suficiente como para modificar la realidad (como lo vemos hoy), sino que estas prácticas contribuyen a reproducir y reforzar estas desigualdades.
No solo me estoy refiriendo a que las mujeres tenemos menor acceso a la educación, a la salud, a la justicia, etc., también estoy hablando de la violencia –en todos sus tipos- que las prácticas cotidianas producen sobre nuestros cuerpos. Por lo tanto, cuando no concientizamos nuestras prácticas machistas, somos igualmente responsables porque una mujer no pueda acceder a la educación, como que una niña de 9 años deba parir tras ser violada.
Como mujeres nuestro deber es visibilizar todos los días los actos machistas y sus consecuencias. Por eso hoy marchamos y nos unimos al Paro Internacional de Mujeres por los femicidios de cerca de 150 mujeres en 2017, por las 17.448 niñas menores de 14 años que parieron en el país entre 2009 y 2016, por las 301 mujeres jóvenes y pobres judicializadas por aborto entre 2013 y 2016, por los cerca de 900 niños y niñas víctimas de violencia sexual en los centros educativos, por la brecha salarial del 37%, por los obstáculos para acceder a la salud, a la educación, porque el acceso a la justicia sino es nulo, es en condiciones estigmatizantes, porque el aparato judicial no nos garantiza una vida libre de violencia, sino que reproduce y como tal es cómplice de la violencia que sufrimos.
Paramos porque trabajamos 22 horas más que los hombres en trabajos de cuidados y sin ser remuneradas por ello. Paramos porque queremos que el mundo entienda que con o sin una ley que tipifique el aborto, miles de mujeres mueren en clínicas clandestinas. Paramos porque rechazamos que los espacios de toma de decisión siguen siendo predominantemente masculinos, y que por eso, las decisiones más importantes para nuestras vidas como la sexualidad, la siguen discutiendo entre hombres.
Hoy las mujeres del país nos unimos a un paro internacional, para recordar al otro cincuenta por ciento de la población, que su lugar en el mundo está construido a partir de privilegios, y que éstos los disfrutan a costa de nosotras. (O)