Internet sin filtros

Una de las mayores preocupaciones de muchos gobiernos, de diferente orientación política ha sido la referente a contenidos de Internet. No han resistido a la tentación de poner filtros y establecer censuras a determinados sitios. Desde 2013  en el Reino Unido el gobierno se empeñó en poner en marcha un filtro de contenidos a nivel nacional obligando a todos los proveedores de acceso del país a implantarlo a sus clientes y a eliminarlo únicamente si dichos clientes lo solicitaban expresamente (opt-out), la inmensa mayoría de los usuarios ha decidido no utilizarlo y optan por eliminar el filtrado de su conexión, por consumir una Internet sin filtro. De manera claramente mayoritaria, los ciudadanos prefieren ser ellos los que tomen decisiones de acceso a contenidos, en lugar de que su gobierno decida por ellos.


Esa idea de que un gobierno debe “proteger” a sus ciudadanos de los “temibles peligros de la red” es, por un lado, anacrónica, y por otro, profundamente peligrosa. En el caso del Reino Unido, donde el filtro afectaba fundamentalmente a contenidos considerados obscenos o peligrosos, han surgido numerosos casos de errores que censuraban páginas que no tenía ningún sentido censurar –como ya ocurrió anteriormente con un sistema similar en Australia-   y de problemas derivados de la arbitrariedad con la que se llevaba a cabo esa función de censura. Al final, para más de un 95 por ciento de los ciudadanos, el consenso es claro: prefiero protegerme yo a mí mismo y proteger a mi familia que aceptar un bloqueo impuesto por un gobierno del que no necesariamente me fío, y menos aún en una época en la que muchos gobiernos han demostrado que pretenden utilizar la red para espiarme y coartar mis libertades individuales.


A propósito de esto el conocido experto en temas de comunicación informática Enrique Dans ha dicho: “la experiencia británica debería servir como indicación para todos aquellos gobiernos que tengan similares aspiraciones paternalistas”. Y agrega en una admonición para los gobiernos: “No, no tienes que “salvar” a tus ciudadanos de los temibles “peligros de la red”. Los ciudadanos son personas adultas, y les gusta tomar decisiones por sí mismos, incluidas aquellas que afectan a la educación de sus hijos. El papel del Estado en ese sentido debe ser otro.”


Los problemas de este tipo de filtros son evidentes: por un lado, se dejan al arbitrio del gobierno decisiones que pertenecen a la libertad individual, y que pocos parecen sentirse cómodos delegando. Por otro, se duda de la eficiencia de esa supuesta “protección”: no solo surgen numerosos casos de errores de bulto que bloquean páginas que no debían haber sido bloqueadas. (O) 

Internet sin filtros

Una de las mayores preocupaciones de muchos gobiernos, de diferente orientación política ha sido la referente a contenidos de Internet. No han resistido a la tentación de poner filtros y establecer censuras a determinados sitios. Desde 2013  en el Reino Unido el gobierno se empeñó en poner en marcha un filtro de contenidos a nivel nacional obligando a todos los proveedores de acceso del país a implantarlo a sus clientes y a eliminarlo únicamente si dichos clientes lo solicitaban expresamente (opt-out), la inmensa mayoría de los usuarios ha decidido no utilizarlo y optan por eliminar el filtrado de su conexión, por consumir una Internet sin filtro. De manera claramente mayoritaria, los ciudadanos prefieren ser ellos los que tomen decisiones de acceso a contenidos, en lugar de que su gobierno decida por ellos.


Esa idea de que un gobierno debe “proteger” a sus ciudadanos de los “temibles peligros de la red” es, por un lado, anacrónica, y por otro, profundamente peligrosa. En el caso del Reino Unido, donde el filtro afectaba fundamentalmente a contenidos considerados obscenos o peligrosos, han surgido numerosos casos de errores que censuraban páginas que no tenía ningún sentido censurar –como ya ocurrió anteriormente con un sistema similar en Australia-   y de problemas derivados de la arbitrariedad con la que se llevaba a cabo esa función de censura. Al final, para más de un 95 por ciento de los ciudadanos, el consenso es claro: prefiero protegerme yo a mí mismo y proteger a mi familia que aceptar un bloqueo impuesto por un gobierno del que no necesariamente me fío, y menos aún en una época en la que muchos gobiernos han demostrado que pretenden utilizar la red para espiarme y coartar mis libertades individuales.


A propósito de esto el conocido experto en temas de comunicación informática Enrique Dans ha dicho: “la experiencia británica debería servir como indicación para todos aquellos gobiernos que tengan similares aspiraciones paternalistas”. Y agrega en una admonición para los gobiernos: “No, no tienes que “salvar” a tus ciudadanos de los temibles “peligros de la red”. Los ciudadanos son personas adultas, y les gusta tomar decisiones por sí mismos, incluidas aquellas que afectan a la educación de sus hijos. El papel del Estado en ese sentido debe ser otro.”


Los problemas de este tipo de filtros son evidentes: por un lado, se dejan al arbitrio del gobierno decisiones que pertenecen a la libertad individual, y que pocos parecen sentirse cómodos delegando. Por otro, se duda de la eficiencia de esa supuesta “protección”: no solo surgen numerosos casos de errores de bulto que bloquean páginas que no debían haber sido bloqueadas. (O)