Manuela Espejo

La bibliografía sobre la vida de Manuela Espejo es escasa, pero Carlos Paladines nos dio luces con su obra “Erophilia, Conjeturas sobre Manuela Espejo, Biografía” (Abya Yala, Quito, 2004).   Desde luego no es un bonito nombre el pseudónimo que ella usara para escribir en las “Primicias de la Cultura de Quito”, aunque signifique “amante del amor y la sabiduría”.


El nombre de Manuela Espejo se ha rescatado para la historia, con toda justicia, con el Programa de protección para los discapacitados.   Ella vivió entre 1757 y 1829, en los tiempos de Manuela Sáenz y Manuela Cañizares.   Fue la primera periodista que publicó sus artículos, con dicho pseudónimo de Erophilia en las “Primicias”.   Ponderó “el buen gusto” de los “bellos espíritus” sobre “el conocimiento”, y se refirió al “orgullo nacional”, de los americanos, en tiempos de la colonia.   En su obra  Carlos Paladines dice que “lloraba la desgracia de no tener quien la ame...” viviendo al borde del “fuego devorador de crueles pasiones”.   Enfrentó el silencio... la soledad... la melancolía... las malas compañías (que para ella eran buenas), en tiempos en que “las faldas no podían entrar en la universidad”.


Manuela Espejo vivió “el humor tétrico de Quito, el tedio y la tristeza… que contrastaba con el cálido ambiente de Guayaquil, en donde primaba la risa, el gusto, la zamba, las tertulias con el bello sexo, las mujeres bellas, amables e ingeniosas...”.   La vida es la búsqueda de la felicidad, procurar el placer y evitar el dolor.   La mayor felicidad para el mayor número de personas.  

¿Cómo iba a compartir esto la ciudad franciscana?   ”El dolor es un mal que no puede producir un bien”, decía, en tiempos de los silicios, los latigazos y “la letra con sangre entra”.


Manuela preguntaba “¿Por qué ha de ser más decoroso saciar el hambre y la sed, que desechar la melancolía?”.   Erophilia veía las cosas al revés de cómo se miraban en su tiempo sobre el rol de la mujer, la madre, el matrimonio.   Por eso se fue a vivir públicamente con Juan de Dios Morales.   Manuela, hermana de nuestro protomédico Eugenio, se había casado con Mejía Lequerica, pero él viajó a España, dejándola sola, y participó como diputado en las Cortes de Cádiz, muriendo allí por una epidemia de fiebre amarilla, cuando se hallaba, como se decía entonces, “en el pináculo de la gloria”.   En Cádiz un significativo monumento reconoce su vida y su obra en el parque que conmemora la trascendencia de dichas cortes.   A Eugenio y a José María los conocemos más que a Manuela.

Manuela Espejo

La bibliografía sobre la vida de Manuela Espejo es escasa, pero Carlos Paladines nos dio luces con su obra “Erophilia, Conjeturas sobre Manuela Espejo, Biografía” (Abya Yala, Quito, 2004).   Desde luego no es un bonito nombre el pseudónimo que ella usara para escribir en las “Primicias de la Cultura de Quito”, aunque signifique “amante del amor y la sabiduría”.


El nombre de Manuela Espejo se ha rescatado para la historia, con toda justicia, con el Programa de protección para los discapacitados.   Ella vivió entre 1757 y 1829, en los tiempos de Manuela Sáenz y Manuela Cañizares.   Fue la primera periodista que publicó sus artículos, con dicho pseudónimo de Erophilia en las “Primicias”.   Ponderó “el buen gusto” de los “bellos espíritus” sobre “el conocimiento”, y se refirió al “orgullo nacional”, de los americanos, en tiempos de la colonia.   En su obra  Carlos Paladines dice que “lloraba la desgracia de no tener quien la ame...” viviendo al borde del “fuego devorador de crueles pasiones”.   Enfrentó el silencio... la soledad... la melancolía... las malas compañías (que para ella eran buenas), en tiempos en que “las faldas no podían entrar en la universidad”.


Manuela Espejo vivió “el humor tétrico de Quito, el tedio y la tristeza… que contrastaba con el cálido ambiente de Guayaquil, en donde primaba la risa, el gusto, la zamba, las tertulias con el bello sexo, las mujeres bellas, amables e ingeniosas...”.   La vida es la búsqueda de la felicidad, procurar el placer y evitar el dolor.   La mayor felicidad para el mayor número de personas.  

¿Cómo iba a compartir esto la ciudad franciscana?   ”El dolor es un mal que no puede producir un bien”, decía, en tiempos de los silicios, los latigazos y “la letra con sangre entra”.


Manuela preguntaba “¿Por qué ha de ser más decoroso saciar el hambre y la sed, que desechar la melancolía?”.   Erophilia veía las cosas al revés de cómo se miraban en su tiempo sobre el rol de la mujer, la madre, el matrimonio.   Por eso se fue a vivir públicamente con Juan de Dios Morales.   Manuela, hermana de nuestro protomédico Eugenio, se había casado con Mejía Lequerica, pero él viajó a España, dejándola sola, y participó como diputado en las Cortes de Cádiz, muriendo allí por una epidemia de fiebre amarilla, cuando se hallaba, como se decía entonces, “en el pináculo de la gloria”.   En Cádiz un significativo monumento reconoce su vida y su obra en el parque que conmemora la trascendencia de dichas cortes.   A Eugenio y a José María los conocemos más que a Manuela.