Un verdadero desastre

La derrota de la oposición es eso: un desastre. Un naufragio sin atenuantes en un Ecuador plural y democrático. El triunfo contundente de Rafael Correa es una clara muestra de que en política los valores o las ideas no se imponen, se dialogan, no se dictan, se discuten, no se esconden, se exponen a la sociedad y finalmente se someten al examen de las urnas.


La oposición no supo comunicar. Y en algunas intervenciones de campaña “comunicaron” incertidumbre y ahora no estaría mal, con honradez, empezar por ofrecer una disculpa al ciudadano defraudado por sus propios errores.


Ya habrá tiempo para profundizar en el análisis. Ahora hay que tratar de entender el sentido del voto, las implicaciones para el futuro inmediato, el impacto en los distintos partidos y el funcionamiento de la democracia. Por ahora la victoria sin precedentes de Rafael Correa es sólida y rotunda para decir otra vez “te lo dije”, sobre todo a esa izquierda que no pudo remontar el daño que a sí mismo se hizo hace rato; se impuso la lógica elemental del castigo: se votó contra la partidocracia y se liquidó el futuro político de Lucio Gutiérrez, Alvaro Noboa, Alberto Acosta, Nelson Zabala y por supuesto del partido socialcristiano.


No se pueden desestimar las tendencias que recogen las encuestas de opinión, el “voto oculto” no se expresó en las urnas. La visión inmediatista y de corto plazo en un proceso electoral no funciona, peor cuando se trata de construir un discurso electoral compitiendo con el del gobierno, y en esta séptima ocasión de triunfo el pueblo optó por el liderazgo indiscutido de Rafael Correa.


Ecuador, después de casi siete años de gobierno de la revolución ciudadana, ha cambiado cuantitativa y cualitativamente. No entender esta realidad nos lleva al diseño equivocado de la plataforma electoral que advierte a las claras que las percepciones de la clase media y alta no es la del Ecuador en su totalidad como equivocadamente creyó la oposición y la derecha política.


Muchas voces y liderazgos, incluidos varios medios de comunicación, pretendieron ser los depositarios del pendón oposicionista, mientras tanto, por el lado del gobierno, una sola voz, un solo liderazgo marcó el camino que tomaría su estrategia electoral y dispusieron, en consecuencia, de organización y tiempo para realizar su labor proselitista en donde la autoridad y el liderazgo, una combinación virtuosa de talento, inspiración, credibilidad y sentido de visión colectiva de Rafael Correa hizo de la victoria electoral un triunfo sin atenuantes.


¿Qué sigue ahora? Hay prioridades ineludibles que, con urgencia, hay que atender, como por ejemplo, actuar con tenacidad para reforzar las políticas públicas que conduzcan al crecimiento económico sostenido que estimulen el empleo y abatan la pobreza, mayor apertura para atraer la inversión extranjera y diseñar otro modelo para combatir la inseguridad pública y la violencia; refrendar el triunfo con mayor trabajo en la Asamblea para afirmar una plataforma de gobernabilidad que el país necesita para continuar adelante con nuevas leyes, más creatividad y eficiencia.

Un verdadero desastre

La derrota de la oposición es eso: un desastre. Un naufragio sin atenuantes en un Ecuador plural y democrático. El triunfo contundente de Rafael Correa es una clara muestra de que en política los valores o las ideas no se imponen, se dialogan, no se dictan, se discuten, no se esconden, se exponen a la sociedad y finalmente se someten al examen de las urnas.


La oposición no supo comunicar. Y en algunas intervenciones de campaña “comunicaron” incertidumbre y ahora no estaría mal, con honradez, empezar por ofrecer una disculpa al ciudadano defraudado por sus propios errores.


Ya habrá tiempo para profundizar en el análisis. Ahora hay que tratar de entender el sentido del voto, las implicaciones para el futuro inmediato, el impacto en los distintos partidos y el funcionamiento de la democracia. Por ahora la victoria sin precedentes de Rafael Correa es sólida y rotunda para decir otra vez “te lo dije”, sobre todo a esa izquierda que no pudo remontar el daño que a sí mismo se hizo hace rato; se impuso la lógica elemental del castigo: se votó contra la partidocracia y se liquidó el futuro político de Lucio Gutiérrez, Alvaro Noboa, Alberto Acosta, Nelson Zabala y por supuesto del partido socialcristiano.


No se pueden desestimar las tendencias que recogen las encuestas de opinión, el “voto oculto” no se expresó en las urnas. La visión inmediatista y de corto plazo en un proceso electoral no funciona, peor cuando se trata de construir un discurso electoral compitiendo con el del gobierno, y en esta séptima ocasión de triunfo el pueblo optó por el liderazgo indiscutido de Rafael Correa.


Ecuador, después de casi siete años de gobierno de la revolución ciudadana, ha cambiado cuantitativa y cualitativamente. No entender esta realidad nos lleva al diseño equivocado de la plataforma electoral que advierte a las claras que las percepciones de la clase media y alta no es la del Ecuador en su totalidad como equivocadamente creyó la oposición y la derecha política.


Muchas voces y liderazgos, incluidos varios medios de comunicación, pretendieron ser los depositarios del pendón oposicionista, mientras tanto, por el lado del gobierno, una sola voz, un solo liderazgo marcó el camino que tomaría su estrategia electoral y dispusieron, en consecuencia, de organización y tiempo para realizar su labor proselitista en donde la autoridad y el liderazgo, una combinación virtuosa de talento, inspiración, credibilidad y sentido de visión colectiva de Rafael Correa hizo de la victoria electoral un triunfo sin atenuantes.


¿Qué sigue ahora? Hay prioridades ineludibles que, con urgencia, hay que atender, como por ejemplo, actuar con tenacidad para reforzar las políticas públicas que conduzcan al crecimiento económico sostenido que estimulen el empleo y abatan la pobreza, mayor apertura para atraer la inversión extranjera y diseñar otro modelo para combatir la inseguridad pública y la violencia; refrendar el triunfo con mayor trabajo en la Asamblea para afirmar una plataforma de gobernabilidad que el país necesita para continuar adelante con nuevas leyes, más creatividad y eficiencia.