Recordando a Saramago

Hoy se cumplen dos años de la muerte del escritor, novelista, poeta, dramaturgo y periodista, José Saramago (1922-2010), Premio Nobel de Literatura 1998. (Debió llevar el apellido Sousa, de su padre, pero por error o broma fue inscrito con el apodo de su progenitor: Saramago, nombre de una planta silvestre). Hijo de padres analfabetos, campesinos sin tierras, pobres en extremo, tuvo que abandonar la escuela y trabajar como herrero para ayudar al hogar. Ya como escritor y político comunista, sufrió censura y persecución durante la dilatada dictadura fascista de Salazar, quien gobernó Portugal de 1932 a 1968.


En su faceta como periodista publicó un notable artículo, titulado “¿Ha muerto la justicia?”, que lo parafraseamos. Refiere lo sucedido en una aldea rural de Florencia, en el siglo XVI. Mientras sus habitantes se encontraban en sus casas o trabajando los cultivos, de súbito oyeron sonar la campana de la iglesia. En aquellos piadosos tiempos las campanas de la iglesia, principal medio de comunicación junto con el púlpito, tocaban a lo largo del día para informar las “horas canónicas” -así denominadas por San Benito, en las que debían cumplirse las oraciones: maitines, laudes, prima, tercias, sexta, mediodía, nona, vísperas, completas-; para convocar a reuniones, e informar los decesos. Aquella vez las campanas tocaban a muerto. Esto, les sorprendió pues no sabían de alguien que estuviese agonizando. Mujeres, niños, ancianos, adultos, jóvenes, la aldea toda se congregó en el atrio de la iglesia, ansiosos de saber quién murió para llorarle. Las campanas callaron, la puerta se abrió y un vecino asomó en el umbral. Los campesinos preguntaron dónde se encontraba el campanero y quién era el muerto. “El campanero no está aquí, soy yo quien ha hecho sonar la campana”, fue la respuesta del campesino. “Pero, entonces, ¿no ha muerto nadie?”, replicaron los vecinos. El campesino respondió: “Nadie que tuviese nombre y figura de persona; he tocado a muerto por la Justicia, porque la Justicia está muerta”.


Ocurrió que el rico señor del lugar (algún noble sin escrúpulos) había estado cambiando de sitio los hitos de los linderos de sus tierras y metiéndolos en la pequeña parcela del campesino, que con cada avance se reducía más. El afectado empezó por protestar y reclamar.  Después, imploró compasión. Por último resolvió quejarse a las autoridades y acogerse a la protección de la justicia humana. Entonces, desesperado, decidió anunciar urbi et orbi: (al mundo entero) de la muerte de la justicia, (fuente: http://dolphin.blogia.com/2011/030901-comentario-de-texto-ha-muerto-la-justicia-.php)


Desde hace cuatro siglos poco ha cambiado en este ámbito vital. Cuántos seres humanos querrían, como aquel campesino, proclamar a los cuatro vientos su sed de justicia. En países desarrollados, cuántos purgaron penas y fueron ejecutados por un delito que no cometieron, por el sólo hecho de estar en el lugar equivocado, tener un color de piel distinto o ser emigrantes. En otros países cuantos prosiguen clamando justicia por sus hijos, nietos y esposos desaparecidos. Cuántos políticos y líderes sociales han sido procesados como delincuentes. Cuántos pasaron años en una mazmorra, siendo inocentes, por carecer de recursos para contratar un abogado, como la humilde mujer que pasó ocho años en una celda, acusada de robar un bidón de gas. Cuántos trabajadores, empleados, maestros, piden justicia, mejor trato, emolumentos dignos. Parafraseando a Ernest Hemingway, Premio Nobel de Literatura 1954: Cuando escuches doblar a muerto no preguntes por quién doblan las campanas. Doblan por ti, por aquél; por todos quienes claman justicia en este mundo. Ojalá no callen hasta que la justicia sea resucitada.

Recordando a Saramago

Hoy se cumplen dos años de la muerte del escritor, novelista, poeta, dramaturgo y periodista, José Saramago (1922-2010), Premio Nobel de Literatura 1998. (Debió llevar el apellido Sousa, de su padre, pero por error o broma fue inscrito con el apodo de su progenitor: Saramago, nombre de una planta silvestre). Hijo de padres analfabetos, campesinos sin tierras, pobres en extremo, tuvo que abandonar la escuela y trabajar como herrero para ayudar al hogar. Ya como escritor y político comunista, sufrió censura y persecución durante la dilatada dictadura fascista de Salazar, quien gobernó Portugal de 1932 a 1968.


En su faceta como periodista publicó un notable artículo, titulado “¿Ha muerto la justicia?”, que lo parafraseamos. Refiere lo sucedido en una aldea rural de Florencia, en el siglo XVI. Mientras sus habitantes se encontraban en sus casas o trabajando los cultivos, de súbito oyeron sonar la campana de la iglesia. En aquellos piadosos tiempos las campanas de la iglesia, principal medio de comunicación junto con el púlpito, tocaban a lo largo del día para informar las “horas canónicas” -así denominadas por San Benito, en las que debían cumplirse las oraciones: maitines, laudes, prima, tercias, sexta, mediodía, nona, vísperas, completas-; para convocar a reuniones, e informar los decesos. Aquella vez las campanas tocaban a muerto. Esto, les sorprendió pues no sabían de alguien que estuviese agonizando. Mujeres, niños, ancianos, adultos, jóvenes, la aldea toda se congregó en el atrio de la iglesia, ansiosos de saber quién murió para llorarle. Las campanas callaron, la puerta se abrió y un vecino asomó en el umbral. Los campesinos preguntaron dónde se encontraba el campanero y quién era el muerto. “El campanero no está aquí, soy yo quien ha hecho sonar la campana”, fue la respuesta del campesino. “Pero, entonces, ¿no ha muerto nadie?”, replicaron los vecinos. El campesino respondió: “Nadie que tuviese nombre y figura de persona; he tocado a muerto por la Justicia, porque la Justicia está muerta”.


Ocurrió que el rico señor del lugar (algún noble sin escrúpulos) había estado cambiando de sitio los hitos de los linderos de sus tierras y metiéndolos en la pequeña parcela del campesino, que con cada avance se reducía más. El afectado empezó por protestar y reclamar.  Después, imploró compasión. Por último resolvió quejarse a las autoridades y acogerse a la protección de la justicia humana. Entonces, desesperado, decidió anunciar urbi et orbi: (al mundo entero) de la muerte de la justicia, (fuente: http://dolphin.blogia.com/2011/030901-comentario-de-texto-ha-muerto-la-justicia-.php)


Desde hace cuatro siglos poco ha cambiado en este ámbito vital. Cuántos seres humanos querrían, como aquel campesino, proclamar a los cuatro vientos su sed de justicia. En países desarrollados, cuántos purgaron penas y fueron ejecutados por un delito que no cometieron, por el sólo hecho de estar en el lugar equivocado, tener un color de piel distinto o ser emigrantes. En otros países cuantos prosiguen clamando justicia por sus hijos, nietos y esposos desaparecidos. Cuántos políticos y líderes sociales han sido procesados como delincuentes. Cuántos pasaron años en una mazmorra, siendo inocentes, por carecer de recursos para contratar un abogado, como la humilde mujer que pasó ocho años en una celda, acusada de robar un bidón de gas. Cuántos trabajadores, empleados, maestros, piden justicia, mejor trato, emolumentos dignos. Parafraseando a Ernest Hemingway, Premio Nobel de Literatura 1954: Cuando escuches doblar a muerto no preguntes por quién doblan las campanas. Doblan por ti, por aquél; por todos quienes claman justicia en este mundo. Ojalá no callen hasta que la justicia sea resucitada.