"Los privilegios de unas pueden convertirse en el derecho de otras"

Suele olvidarse que la mayoría de plataformas digitales permiten el acceso masivo a discos o canciones solo excepcionalmente.

Para escuchar las nuevas producciones de las bandas que preferimos −en el sector independiente, es decir roquero y alternativo− hay que pagar, aunque rara vez lo pagado llegue a los bolsillos de los artistas.

Estas compras, que vamos aceptando conforme podemos hacerlo, forman un cerco y causan que la música no llegue a buena parte de la sociedad. La publicidad, en ese sentido, también se limita a lo que vende masivamente, a lo que consumen las mayorías, al mainstream.

En la búsqueda de lo que se produce de forma independiente están quienes han empezado a hacer un registro de los perfiles de músicos experimentales.

Emilia Bahamonde, ingeniera en sonido y acústica, le ha dedicado a este propósito su proyecto de maestría en la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), con el nombre de Musexplat (Música Experimental Latinoamericana).

La plataforma trabaja en distintas redes y tiene un apartado para hacer reseñas de discos, reflexiones acerca de la industria musical de las grandes masas y, por supuesto, de la escena independiente.

Otro apartado es para festivales y entrevistas con gestores de todo el continente, “de todo lo que está al sur de Estados Unidos”.

Su trabajo me hizo recordar el censo realizado por Atómika, el proyecto de María José Mosquera, música y comunicadora que registró la información de 160 mujeres, entre 18 y 45 años, trabajando en la industria sonora.

Según el sondeo, ellas se desempeñan en las áreas: periodismo musical, gestión cultural,  educación, promoción artística, producción desde campo y  logística. Pero también se especializan en ámbitos técnicos (vocal coaches, sonidistas) y en la creación (cantautoras,  instrumentistas,  DJ’s, VJ’s).

Mientras se especializa en tecnología musical y prepara Salamanca, el nuevo disco de Sexores, Emilia cuenta que se ha enfocado en músicos, gestores y críticos, de quienes ya ha recopilado 120 perfiles.

“Incluimos a voces que se han invisibilizado (transfeminismos, afrodescendientes, indígenas) y que difunden su música a través de nuevas formas, menos convencionales”, como economías alternativas.

Para María José, en ciertos medios suele haber una “falta de recursos o de interés, que deja de lado coberturas que podrían ayudar a difundir el trabajo que se está realizando”. El peor efecto de estas omisiones, señala Emilia, es que los medios terminan “inculcando, enseñando qué debes escuchar”.

Y esa forma de consumir complica la toma decisiones y hace que “cada vez se tenga una opinión menos libre”. Hay en lo mediático una hegemonía de lo que se vende; hay incluso nepotismo, compadrazgos y otras prácticas cuestionables como la payola.

La era digital como utopía

Plataformas como Spotify, Deezer, Bandcamp o SoundCloud −dice la integrante de Sexores− “se distinguen porque para llegar a ellas no hay que hacer lo que pedían las radios: que pases por un montón de personas, pero el esplendor tecnológico todavía es una ilusión”.

El álbum Salamanca se publicará la próxima semana, sus autores saben que pueden subirlo a internet, pero eso no garantiza que vayan a “percibir regalías, ganancias sustanciales, aunque alimentemos Spotify, por ejemplo”.

SoundCloud, en cambio, surgió de la idea de la libertad de la música (free music) como alternativa, pero aún cuesta. “La solución definitivamente, son las alianzas y colaboración entre todos”, coinciden las entrevistadas.

La periodista española Alicia Álvarez −integrante de Undershakers y Pauline en la Playa− contó hace año y medio que los “eventos de chicas” han sido recurrentes y, a veces, sin sentido pues mezclan géneros sin criterio curatorial.

Prácticas similares son cuando una mujer sube a un escenario en un concierto de metal, haya quien crea que es para asistir a uno de los músicos, algo de lo que ha sido testigo la guitarrista y docente Renata Pacheco, compositora en Extreme Attack.

Desde su experiencia en Plan Arteria, Vanessa Bonilla Obando −que también está levantando datos sobre las mujeres que producen música− recuerda que a las “brechas de género hay que añadir temas como etnicidad, clase social y acceso”.

Por ejemplo, si ahora ocurre que −además de que siguen siendo minoría en los festivales− a las músicas se las restrinja a escenarios “exclusivos” (más chicos) distinguiéndolas del resto de artistas, puede que los productores no hagan el acompañamiento si son madres jóvenes.

“Hay que generar oportunidades para que las mujeres lleguen a los más importantes lugares en la música; que no se retiren a los 30 años por su maternidad, la precarización o el trabajo doble: de casa y de profesión”, explica Vanessa. “Lo que hemos hecho es ser compañeras, hacer comunidades para apoyarnos colectivamente”.

Antes de integrarse a la productora Back to Back, Gabriela Padilla fue traductora de las bandas Statik Majik (Brasil), Blitzkrieg y Jess Cox (Inglaterra). Ella confirma que en casi una decena de eventos en los que ha trabajado hubo mayoría masculina en los organizadores.

“Las pocas mujeres que estamos dentro de este ámbito nos hemos esforzado para llegar a posicionarnos y aportar a la cultura del rock; siempre se necesita de una mujer para equilibrar la situación y la forma de trabajar y pensar”.

El que más mujeres narren la música y tomen decisiones en los medios, también es trascendental. “Alguien que haya pasado por las experiencias que nosotras tenemos, puede explorar mejor las sensibilidades a la hora de hacer una entrevista”, dice Vanessa.

Ejercer el periodismo musical ya es un privilegio, recuerda Emilia: “los medios más grandes pertenecen a las élites. Gente de universidades privadas que favorecen a artistas que salieron de ahí, aunque eso se dé por la cercanía con ellos. ¿Qué pasa con los derechos de otros?”. (I)

"Los privilegios de unas pueden convertirse en el derecho de otras"

Suele olvidarse que la mayoría de plataformas digitales permiten el acceso masivo a discos o canciones solo excepcionalmente.

Para escuchar las nuevas producciones de las bandas que preferimos −en el sector independiente, es decir roquero y alternativo− hay que pagar, aunque rara vez lo pagado llegue a los bolsillos de los artistas.

Estas compras, que vamos aceptando conforme podemos hacerlo, forman un cerco y causan que la música no llegue a buena parte de la sociedad. La publicidad, en ese sentido, también se limita a lo que vende masivamente, a lo que consumen las mayorías, al mainstream.

En la búsqueda de lo que se produce de forma independiente están quienes han empezado a hacer un registro de los perfiles de músicos experimentales.

Emilia Bahamonde, ingeniera en sonido y acústica, le ha dedicado a este propósito su proyecto de maestría en la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), con el nombre de Musexplat (Música Experimental Latinoamericana).

La plataforma trabaja en distintas redes y tiene un apartado para hacer reseñas de discos, reflexiones acerca de la industria musical de las grandes masas y, por supuesto, de la escena independiente.

Otro apartado es para festivales y entrevistas con gestores de todo el continente, “de todo lo que está al sur de Estados Unidos”.

Su trabajo me hizo recordar el censo realizado por Atómika, el proyecto de María José Mosquera, música y comunicadora que registró la información de 160 mujeres, entre 18 y 45 años, trabajando en la industria sonora.

Según el sondeo, ellas se desempeñan en las áreas: periodismo musical, gestión cultural,  educación, promoción artística, producción desde campo y  logística. Pero también se especializan en ámbitos técnicos (vocal coaches, sonidistas) y en la creación (cantautoras,  instrumentistas,  DJ’s, VJ’s).

Mientras se especializa en tecnología musical y prepara Salamanca, el nuevo disco de Sexores, Emilia cuenta que se ha enfocado en músicos, gestores y críticos, de quienes ya ha recopilado 120 perfiles.

“Incluimos a voces que se han invisibilizado (transfeminismos, afrodescendientes, indígenas) y que difunden su música a través de nuevas formas, menos convencionales”, como economías alternativas.

Para María José, en ciertos medios suele haber una “falta de recursos o de interés, que deja de lado coberturas que podrían ayudar a difundir el trabajo que se está realizando”. El peor efecto de estas omisiones, señala Emilia, es que los medios terminan “inculcando, enseñando qué debes escuchar”.

Y esa forma de consumir complica la toma decisiones y hace que “cada vez se tenga una opinión menos libre”. Hay en lo mediático una hegemonía de lo que se vende; hay incluso nepotismo, compadrazgos y otras prácticas cuestionables como la payola.

La era digital como utopía

Plataformas como Spotify, Deezer, Bandcamp o SoundCloud −dice la integrante de Sexores− “se distinguen porque para llegar a ellas no hay que hacer lo que pedían las radios: que pases por un montón de personas, pero el esplendor tecnológico todavía es una ilusión”.

El álbum Salamanca se publicará la próxima semana, sus autores saben que pueden subirlo a internet, pero eso no garantiza que vayan a “percibir regalías, ganancias sustanciales, aunque alimentemos Spotify, por ejemplo”.

SoundCloud, en cambio, surgió de la idea de la libertad de la música (free music) como alternativa, pero aún cuesta. “La solución definitivamente, son las alianzas y colaboración entre todos”, coinciden las entrevistadas.

La periodista española Alicia Álvarez −integrante de Undershakers y Pauline en la Playa− contó hace año y medio que los “eventos de chicas” han sido recurrentes y, a veces, sin sentido pues mezclan géneros sin criterio curatorial.

Prácticas similares son cuando una mujer sube a un escenario en un concierto de metal, haya quien crea que es para asistir a uno de los músicos, algo de lo que ha sido testigo la guitarrista y docente Renata Pacheco, compositora en Extreme Attack.

Desde su experiencia en Plan Arteria, Vanessa Bonilla Obando −que también está levantando datos sobre las mujeres que producen música− recuerda que a las “brechas de género hay que añadir temas como etnicidad, clase social y acceso”.

Por ejemplo, si ahora ocurre que −además de que siguen siendo minoría en los festivales− a las músicas se las restrinja a escenarios “exclusivos” (más chicos) distinguiéndolas del resto de artistas, puede que los productores no hagan el acompañamiento si son madres jóvenes.

“Hay que generar oportunidades para que las mujeres lleguen a los más importantes lugares en la música; que no se retiren a los 30 años por su maternidad, la precarización o el trabajo doble: de casa y de profesión”, explica Vanessa. “Lo que hemos hecho es ser compañeras, hacer comunidades para apoyarnos colectivamente”.

Antes de integrarse a la productora Back to Back, Gabriela Padilla fue traductora de las bandas Statik Majik (Brasil), Blitzkrieg y Jess Cox (Inglaterra). Ella confirma que en casi una decena de eventos en los que ha trabajado hubo mayoría masculina en los organizadores.

“Las pocas mujeres que estamos dentro de este ámbito nos hemos esforzado para llegar a posicionarnos y aportar a la cultura del rock; siempre se necesita de una mujer para equilibrar la situación y la forma de trabajar y pensar”.

El que más mujeres narren la música y tomen decisiones en los medios, también es trascendental. “Alguien que haya pasado por las experiencias que nosotras tenemos, puede explorar mejor las sensibilidades a la hora de hacer una entrevista”, dice Vanessa.

Ejercer el periodismo musical ya es un privilegio, recuerda Emilia: “los medios más grandes pertenecen a las élites. Gente de universidades privadas que favorecen a artistas que salieron de ahí, aunque eso se dé por la cercanía con ellos. ¿Qué pasa con los derechos de otros?”. (I)