Arte y política: un tema vigente para debatir

1.550 sillas entre dos edificios, en la Octava Bienal de Estambul. Alude a víctimas caídas por conflictos armados, obra de Doris Salcedo.

De esa manera, encontramos enlaces entre arte, política y activismo social.  El pedido de Theodor Adorno, luego de Auschwitz, fue objetar a hacer arte. El horror de la guerra no podía ser un tema de belleza, era una actitud de barbarie; de esa manera el arte volvía tolerable a la violencia, incluso arriesgándose a convertirla en placentera. Como temática, ha sido profusamente estudiada en análisis sobre el Holocausto. Su fuerte influencia perdura y ha ido retomada por el arte actual de manera constante por la violencia que acaece.


Jacques Ranciere considera que mostrar las injusticias sociales mediante los dispositivos artísticos no convierte al arte en político, es el dispositivo representativo que sí es político. El dispositivo utilizado por los artistas puede o no ser parte del convencionalismo artístico y aparece en espacios nuevos que rompen con lo cotidiano, aplicando nuevas formas de relación y significados.


El supuesto es que el arte político muestra los estigmas de la dominación, o, ridiculiza los iconos imperantes del poder, o también abandona sus propios espacios y se convierte en práctica social; a veces como activismo político, más conocido como artivismo.


Las tensiones existentes entre arte y política se manifiestan en dos grandes áreas de la producción artística: la una, que evidencia procedimientos que se alejan de los tradicionales de la experiencia artística, aquello que se conoce como “escamoteo visual” o “retirada perceptiva”. Y la otra, la “politización” del arte que dirige sus prácticas a las problemáticas sociales.


Según la concepción performativa del arte, el arte participa en lo político no sólo representándolo; en lugar de simplemente criticar, interviene. Para Mieke Bal, teórica de la cultura, el arte es político cuando funciona no sólo en sino con y para “lo Político”.
Bal, quien retoma los escritos de Adorno, encuentra su matriz de análisis artístico- político en la obra de Doris Salcedo, artista colombiana, quien realiza un arte “no solo como reflexión sino también como una forma de dar testimonio” y así, de manera indirecta, altera la existencia del testigo: la persona que conoce la obra. Se sugiere al lector llegar a Salcedo a través de YouTube.


Los artistas contemporáneos deben abrirse paso a través de la desengañada indiferencia del sujeto contemporáneo, por medio del afecto, no de la emoción ni del sentimentalismo. Adorno nunca dejó el arte, analiza Bal, sugería urgentemente hacer arte en el sentido de poiesis, como una “voz” que comunique entre aquellos que han sufrido y un público que no. (O)

Arte y política: un tema vigente para debatir

1.550 sillas entre dos edificios, en la Octava Bienal de Estambul. Alude a víctimas caídas por conflictos armados, obra de Doris Salcedo.

De esa manera, encontramos enlaces entre arte, política y activismo social.  El pedido de Theodor Adorno, luego de Auschwitz, fue objetar a hacer arte. El horror de la guerra no podía ser un tema de belleza, era una actitud de barbarie; de esa manera el arte volvía tolerable a la violencia, incluso arriesgándose a convertirla en placentera. Como temática, ha sido profusamente estudiada en análisis sobre el Holocausto. Su fuerte influencia perdura y ha ido retomada por el arte actual de manera constante por la violencia que acaece.


Jacques Ranciere considera que mostrar las injusticias sociales mediante los dispositivos artísticos no convierte al arte en político, es el dispositivo representativo que sí es político. El dispositivo utilizado por los artistas puede o no ser parte del convencionalismo artístico y aparece en espacios nuevos que rompen con lo cotidiano, aplicando nuevas formas de relación y significados.


El supuesto es que el arte político muestra los estigmas de la dominación, o, ridiculiza los iconos imperantes del poder, o también abandona sus propios espacios y se convierte en práctica social; a veces como activismo político, más conocido como artivismo.


Las tensiones existentes entre arte y política se manifiestan en dos grandes áreas de la producción artística: la una, que evidencia procedimientos que se alejan de los tradicionales de la experiencia artística, aquello que se conoce como “escamoteo visual” o “retirada perceptiva”. Y la otra, la “politización” del arte que dirige sus prácticas a las problemáticas sociales.


Según la concepción performativa del arte, el arte participa en lo político no sólo representándolo; en lugar de simplemente criticar, interviene. Para Mieke Bal, teórica de la cultura, el arte es político cuando funciona no sólo en sino con y para “lo Político”.
Bal, quien retoma los escritos de Adorno, encuentra su matriz de análisis artístico- político en la obra de Doris Salcedo, artista colombiana, quien realiza un arte “no solo como reflexión sino también como una forma de dar testimonio” y así, de manera indirecta, altera la existencia del testigo: la persona que conoce la obra. Se sugiere al lector llegar a Salcedo a través de YouTube.


Los artistas contemporáneos deben abrirse paso a través de la desengañada indiferencia del sujeto contemporáneo, por medio del afecto, no de la emoción ni del sentimentalismo. Adorno nunca dejó el arte, analiza Bal, sugería urgentemente hacer arte en el sentido de poiesis, como una “voz” que comunique entre aquellos que han sufrido y un público que no. (O)

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