Editorial /

¿Y la violencia doméstica?

La OMS supone tres tipos de violencia: contra uno mismo, colectiva e interpersonal; esta última, según apunta, “se divide en violencia intrafamiliar y de pareja (que en la mayor parte de los casos, pero no exclusivamente, se produce en el hogar)”.
Se concibe universalmente que este flagelo refiere la acción u omisión que comprende algún tipo de maltrato, ya sea físico, psicológico o sexual; y, si bien es claro que el tema suele vincularse con el tema de género, con mayor recurrencia -no es para menos- hacia la mujer, es preciso reconocer que también hay casos donde el hombre es víctima.
La psicóloga clínica y especialista en neuropsicología, Karen Quezada, refiere que “la violencia intrafamiliar se dimensiona con el tema cultural y tiene una relación directa con los roles que se han establecido socialmente”, y añade que no se da suficiente importancia a la psicoeducación. Al tener el círculo familiar tanta importancia en la vida de las personas, este mal desencadena otras problemáticas más allá del círculo del hogar.
Uno de los factores más graves es que “el niño puede engendrar traumas y ser actor directo en actitudes violentas o desarrollar pasividad, dependencia y codependencia”, prosigue Quezada, y reconoce que “en el aspecto conyugal, se da un temor a denunciar, precisamente porque hay una dependencia afectiva, económica, entre otras”.
La sociedad debe abrir plataformas y rodear a aquellas personas que sufren este flagelo, a fin de que no teman denunciar. El rol de la educación, más allá de los adelantos que se han logrado, es mantener la atención ante cualquier indicio e intensificar la aplicación de hojas de ruta, además de otras acciones contundentes y permanentes. (O)

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