Cultura /

Ciudad de manos laboriosas y artesanales

El investigador Diego Arteaga, en su libro “El artesano en la Cuenca colonial, 1557-1670”, hace un recorrido por la historia de los múltiples oficios de la manufactura de la época Ibérica. Las técnicas y herramientas de los artesanos eran acordes a esos tiempos por lo que eran bastante limitadas.

En la época que recoge el historiador Arteaga, en la ciudad convivían indios, españoles y mestizos, pero las relaciones raciales llevaban a una división entre ellos, llamada “barrios de la ciudad según la procedencia de sus habitantes”. Esta división relacionada con la procedencia también se daba en el oficio artesanal. Los orfebres tenían un estatus social más elevado que los ladrilleros o los tejeros.


Según revela Arteaga, el cabildo regulaba los precios para evitar el excesivo enriquecimiento de los artesanos manufactureros y el exagerado gasto de los usuarios de los productos.
La imposición de las leyes españolas en el régimen colonial hizo que se celebraran contratos formales como, conciertos, cartas de aprendizaje, asientos de oficio ante el escribano, en el ámbito de ciertos oficios. Durante el siglo XVI los aprendices están representados por indios, pero un siglo más tarde son los criollos y los mestizos que ocupan este lugar.


Para capacitar a los aprendices, los maestros tomaban en cuenta las habilidades de los jóvenes, que no podían tener más de 25 años, la edad ideal era entre 10 y 15 años. Los mozos tenían que vivir con los maestros y, en muchas ocasiones, debían encargarse también de los “mandados”.


El maestro estaba obligado a proporcionarle ropa, comida, medicina, adoctrinamiento en la fe católica y a enseñarle buenas costumbres al aprendiz. También, se comprometía en regalarle la herramienta del oficio al terminar el tiempo de aprendizaje. Estas práctica, según destaca Arteaga, era algo excepcional de Cuenca, pues en otras zonas el aprendiz debía darle una paga al maestro, por la enseñanza del oficio.

Una historia diferente
Lucila Morocho se encuentra en su taller, en la calle de Las Herrerías. Usa un cincel y un martillo para cortar las jaladeras que minutos antes dibujó en una lámina de hierro. Está rodeada de piezas que ella misma hace a diario, tiene las manos quemadas por tanto soldar, pero ama su oficio y se considera una artista.


A los 23 años su exesposo le enseñó el oficio, aunque nunca ha pisado una universidad, en su local, Lucila tiene unos libros que ha estudiado para perfeccionar su técnica. “Quisiera que alguno de mis hijos aprendiera este arte, pero no quieren porque es duro”, comenta.

Cerámica negra
Iván Encalada es ceramista, lleva más de 30 años en este oficio y representa a la tercera generación de artesanos en su familia. Lo encontramos en su taller, sentado en el torno, con las manos llenas de arcilla seca porque toda la mañana estuvo trabajando.


“Mi padre, inició la alfarería, el taller tiene unos 80 años, pero en la familia unos 65”, dice con
orgullo Encalada. Su familia se especializó en hacer piezas de cerámica negra, representativa en las culturas Narrío y Tomebamba. Ellos recuperaron la técnica y la aplican para hacer vajillas utilitarias.


Mientras habla, Encalada pone un poco de arcilla sobre un pequeño plato, junta ambas manos y empieza a mover una rueda con sus pies. ¡Parece tan sencillo hacer una taza! Sin embargo, él ha aprendido este oficio con los años.
“Todas las piezas son únicas”, comenta Encalada, soltando una sonrisa. Luego pule las tazas, las quema para que se hagan negras y las introduce en un horno artesanal de leña o gas.

Escultura
Eduardo Segovia tiene 78 años y 72 “amasando barro”. Cuenta que proviene de una familia humilde, aunque asegura que su padre era un español acomodado que no lo quiso reconocer como vástago. Cuando era niño se dedicaba a la venta de silbatos de barro, que él mismo fabricaba, para poder ayudar a su madre.


Así empezó su apego por el barro, ahora es un reconocido escultor, ceramista y pintor de Cuenca. Convirtió su casa, que está en la Convención del 45, en una galería-taller. Ahí expone sus esculturas, sus pinturas, y ahí mismo las crea. Hace moldes para piezas en serie que luego las vende a un precio más económico. Segovia es uno de estos excelentes artesanos que se inspira a diario en la naturaleza para recrear las grandezas de Ecuador. (I)

Cuenca. 

Visto 3535 veces

Modificado por última vez en: