Cuenca /

La Morlaquía disfruta de la fiesta del Carnaval

La elaboración de panes en casa, es una de las costumbres que se conserva.  El Telégrafo
La elaboración de panes en casa, es una de las costumbres que se conserva. El Telégrafo

Cuenca es una ciudad culta por excelencia y por lo tanto las familias se reunían en diferentes domicilios fomentando la amistad y encontrando la oportunidad para la algarabía con el mayor respeto entre ellos, en consecuencia, las reuniones sociales se enmarcaban en fastuosos encuentros.

Primaba la gastronomía tradicional morlaca con exquisitos platos, dulces y la consabida bebida llamada “mistela” una bebida muy agradable de diversos colores que le daba la utilización de la anilina vegetal ya sea en color amarillo, verde, rosa con sabores a menta, manzana o mora, entre otros.

La abuelita de la casa en compañía de la hija o nieta preparaban los alimentos y bebidas en mención, era infaltable el pan de casa, pan de huevo, el mestizo, el pan blanco en el que resaltaba la dadivosa utilización de los huevos criollos o huevos runas por el color amarillo de la yema de las gallinas criadas en casa, el pan de mollete. 

  Comida

El exquisito cerdo que en las quintas respectivas se lo realizaba mandando a buscar las ramas secas de eucalipto (chamiza) que indudablemente le daban un sabor adicional, pero que también permitía el disfrute de los invitados observando todo el proceso, desde matar al animal, después todas las empleadas al mando de la ama de casa comenzaban a repartir la cáscara para luego realizar los cortes respectivos para el sancocho, las morcillas blancas, las morcillas negras, etc, que mientras transcurría el tiempo de preparación el “dueño de casa” brindaba a los familiares, amigos y compadres el famoso drake cuencano, con el color característico que le daba el utilizar el ataco o ‘sangorache’ que botánicamente es el amaranto. Pero por una historia muy interesante se lo llamó el drake cuencano, indudablemente, que este drake debía estar preparado con el famoso trago de punta, traído de las haciendas de paute o de yungilla, de pura caña y que era con anticipación comprado y guardado para los tres días del Carnaval. 

  Preparación

Lógicamente, que en todas las familias cuencanas no podía faltar en la preparación, la exquisita chicha de jora, que la tenían reservada en grandes ollas o tinajas de barro.

Luego de las comilonas se ofrecía el postre y se preguntaba si deseaban el dulce de higo, de durazno, de albaricoque, de manzana, de leche, de piña, de zanahoria, de zambo y hasta el de poroto, es decir, salían a relucir todos los conocimientos de una gastronomía heredada de generación en generación.

En la tarde, luego del café entre el día, café tostado y pasado de un olor y perfume sui-generis, se preguntaba a los asistentes si querían con pan de huevo o con mestizo.

Luego de ello, en la gran sala de la casa se invitaba a pasar a reunirse para que disfruten las damas y caballeros de un baile ya sea el vals, el pasillo, el yaraví. Las damas con sus vestidos elegantes, los caballeros con su ropa propia para una fiesta, con mucho respeto, invitaban a las señoritas y señoras a bailar, y les colocaban en sus cuellos serpentinas de variados colores, regaban en su cabello perfumes, agua de rosas y en algunos casos incluso polvo de oro. 

  Preparación

Todos estos acontecimientos duraban domingo, lunes y martes de Carnaval, pero algunas familias incluso desde el día jueves anterior ya tenían sus reuniones con este fin, para al son de una guitarra, de una vitrola o una rockola disfrutar de los cantos de nuestra preciosa música cuencana y ecuatoriana. No podía faltar la música de Francisco Paredes Herrera y Rafael Carpio Abad, grandes músicos cuencanos.

El miércoles de ceniza era una oportunidad para “ir a botar el Carnaval” y por lo tanto consumir restos de alimentos que hayan sobrado, pero antes de ello por supuesto por la religiosidad cuencana debían acudir a la iglesia del barrio a recibir la ceniza que recordaba que “polvo eres y en polvo te convertirás” como un acto de arrepentimiento. 

 Integración

El Carnaval cuencano era la oportunidad para hacer nuevos amigos, para acercarse a las chicas del barrio ya que nadie impedía que accedieran como una muestra franca de hospitalidad, muchas veces había una exageración de buena voluntad, que incluso caía en el exceso caritativo o de compartir que algunas señoras hacendadas enviaban a vecinos y compadres un canasto lleno de alimentos para el Carnaval, como era la fritada, el mote, el pan y el dulce y se enojaban los dueños de casa cuando no venían en los días de Carnaval a visitarles.

Hoy a nivel de broma, manifestaríamos que se enojarían porque llegan a casa en el Carnaval, es decir, todo cambia, pero quedan los gratos recuerdos de esa Cuenca, de esa ciudad, de esa Morlaquia llena de buenas costumbres. (RET) (I)

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