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Una 'odisea' nocturna se vive en la Terminal Terrestre

Tres horas esperando en el andén de la ruta hacia Machala llevaba Yadira Roldán cuando su reloj marcaba las 03:00 de la mañana de ayer. Llegó a la Terminal Terrestre de Cuenca, a las 11:30 de la noche, desde su trabajo. A su lado aguardaba otra pasajera, con el objetivo de llegar al mismo destino de la Costa.


Veinte minutos después, se estacionó un carro de la cooperativa Azuay. “Suban que en cinco salimos”, replicó el conductor a las mujeres ya desesperadas por lo tarde que era. La espera se prolongó por 15 minutos más, ya eran 03:15 de la madrugada, cuando de pronto llegó otro pasajero, junto a su esposa y dos hijos pequeños.
“En los siguientes 10 minutos, el carro se llenó, esto fue una sorpresa de todos los que ya estábamos embarcados, a la 3:30 de la madrugada, el conductor arrancó no en los cinco minutos, sino una media hora más tarde, para que el bus se llene”, relató, molesta, Roldan.

Hospedaje
Pese a que las cooperativas incrementaron el número de rutas, muchos viajeros se quedaron sin boleto y pasaron la fría noche y madrugada en la sala de espera de la Terminal Terrestre; algunos acomodaron las sillas para poder acostarse cubiertos con lo que traían puesto, otros con una sábana y la mayoría, con el riesgo de sufrir tortícolis o dolores de cuello y espalda, prefirieron dormir sentados.
Algunos se quedaron ‘hospedados’ en la terminal, ya que no tenían dinero para pagar un hotel y, en algunos casos, ni para volver.


Carlos Mindo, residente de Quito, contó que vivió un episodio peligroso en su espera de una unidad. “Iba a sentarme en la sala de espera, ya casi para entrar al Terminal cuando se me acercaron dos individuos, no con muy buena cara y se notaba su indigencia, por los trapos rasgados que traían y me pidieron dinero, me asusté y les dí un dolar”, recordó.

Recibimiento
Lady Barros llegó ayer desde Babahoyo a Cuenca para disfrutar de la familia de su esposo; vino junto a su pequeño hijo, Matías, de seis años. Al llegar a la terminal terrestre los recibió su familiar. Mientras se saludaban, Matías buscaba algo de comer y observó los puestos donde ofertaban sanduches, empanadas, morochos y aguas aromáticas o café para combatir el hambre de la madrugada y de paso abrigarse del frío.
Afuera del terminal, otra es la historia: conseguir un taxi y movilizarse hasta los hogares se vuelve una odisea para muchos . “Aunque hay conductores dispuestos, lo que más hay es pasajeros, así es difícil conseguir una unidad enseguida”, refirió Johanna Macas, que llegó desde Loja.
En este sitio, donde en la mañana y en la tarde se escucha un ruido constante y mucho trajín, siempre hay anécdotas y vivencias que se comparten en sus pasillos y, aunque la noche ya es un poco más apagada, no deja de ser intensa. (SAM) (I)

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