Columnistas /

Politizando la ecología

¡ Qué linda ciudad! ¡Qué limpia! ¿y vio los parques? ¡Es que la cultura es mejor allá en…! ¿Nunca han sido parte de una conversación así? De esas en las que uno dice: ‘ajá’, ‘claro’, ‘sí,’ ‘por supuesto’, solo para no quedar mal. Pues claro, quienes han tenido la suerte y el privilegio de viajar, comúnmente ponderan este tipo de cosas, y una se queda ahí callada, con la envidia a flor de piel, da igual si es sana o insana.Antes de seguir, quería recordarles que en mis columnas, como un acto de resistencia a la exclusión lingüística hacia la mujer, escribo en femenino para referirme a la humanidad, a toda la gente, y también a nosotros los hombres.Ahora sí, volvamos al tema. Al recorrer y viajar por los países llamados ‘desarrollados’, parecería ser que hay una calidad ambiental impresionante: los parques son más verdes, las ciudades son más lindas, el aire huele mejor, la naturaleza es más hermosa, los carros contaminan menos, y los pajaritos cantan y la luna se levanta. Efectivamente, podría ser que sus ciudades y parques naturales sean mejores, que en realidad tengan una superior calidad ambiental ¿es que son más inteligentes que nosotras? ¿acaso sus culturas son mejores? ¿será esto posible?La ecología política es la ciencia que nos ayuda a entender este tipo de cosas. Ella ha aprendido de la geografía crítica, la economía política, la sociología, la antropología, la politología, la historia, y en general, de cualquier ciencia que le permita entender la problemática ambiental. Y realmente lo ha hecho bien, con una impresionante evidencia del mundo real, nos destroza los prejuicios, y nos da la vuelta a la perspectiva.La cosa es bastante sencilla: lo único que han hecho es trasladar fuera de sus ciudades y países a las tecnologías peligrosas, los procesos más destructivos y contaminantes, y a las industrias indeseables. De esta manera, han conseguido que sus ciudades y parques naturales estén lindos, manteniendo sus negocios en marcha. Que otras sufran las consecuencias de mis actos: ojos que no ven, corazón que no siente. Por ejemplo ¿por qué se siguen produciendo y vendiendo tantas cosas que podrían considerarse genocidas, como los pesticidas y los vehículos a diésel? ¿a dónde van las cosas más peligrosas y adónde van las menos dañinas? ¿No es más sencillo simplemente no fabricarlas?Al final, todo es solo una cuestión de codicia y de intereses de mercado, mezclados con un menosprecio brutal por la vida humana de las otras, y escondidos en el discurso del bienestar de la nación. ¿Es otro mundo posible cuando el mercado manda? Si la lucha por la dignidad humana, la vida y los derechos de la naturaleza no es una lucha anticapitalista, simplemente no tiene ningún sentido.  (O) 

Visto 567 veces


Publicidad