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Viernes Negro

El día de hoy recordamos uno de los sucesos más sombríos en la historia Republicana del Ecuador. Aquel lejano viernes 16 de enero de 1987 – el “Viernes Negro” como lo llamara el ex vicepresidente de la República Blasco Peñaherrera – en el que, cumpliendo una ceremonia castrense en la base aérea de Taura, el entonces presidente de la República León Febres Cordero fue secuestrado por un grupo de comandos a las órdenes del insurrecto Frank Vargas Pazzos.


Luego, ¿Cuáles fueron las secuelas inmediatas y a largo plazo? Pues en el corto plazo la consecuencia fue el irreversible resquebrajamiento de la democracia y el honor de las fuerzas del orden comprometido al poner en libertad a un golpista – aquí evocamos también a Lucio Gutiérrez –. No hubo, desde luego, ningún plan político. Hubo, eso sí, un plan militar que libró al azar las fuerzas sociales desatadas.


En el largo aliento las derivaciones fueron igual o aún más dramáticas pues, aún hoy, perdura el deterioro de la Presidencia de la República como símbolo del poder y nos persigue ese tristemente célebre “¿qué más quieren que firme?” de Febres Cordero, – por no hablar de ese lamentable vacío constitucional en cuanto a la sucesión presidencial que luego se utilizó tan insensatamente – en la forma de la imposibilidad de gobernar.


Sin embargo, cabría preguntar ¿fue gratuito lo sucedido en Taura? La verdad es que no. Sin siquiera pensar en justificar el atentado a la democracia, si debemos, no obstante, recordar que la corrupción irrestricta – Plan Carro, los recolectores de basura, el caso La Previsora o la monstruosa vía Perimetral, etc. – más el uso de la autoridad del Estado para agredir y reprimir a quien discrepe, tarde o temprano, tienen consecuencias.


¿Suena familiar? Pues debería ya que no es más que el reflejo de esta forma de comprender el “para qué” del Poder que nos caracteriza como sociedad política y nos mantiene atrapados entre esta lamentable predisposición al lucro indebido – característica llevada a extremos hilarantes – y este discurso basado en el lenguaje vulgar, el gesto iracundo y la actitud provocadora en la que hemos convertido esta actividad política. Misma que ve cada vez más lejana la figura del digno estadista que se eleva sobre la administración pública para convertirse en un modelo del comportamiento y la moral colectiva.


Esta, y no otra, es la más importante e irrenunciable misión del gobernante. El único mandato a seguir: jamás utilizar con fines personales ni la voluntad ni el erario público. Porque le pertenecen al pueblo. A partir de eso, solo queda tejer con mucho tino esta compleja red de intereses y voluntades que representa el Estado. Armonía que se logrará solamente bajo la credibilidad y buen juicio en la acción del gobernante y el respeto a las instituciones democráticas. Hasta que este lejano ideal se cumpla me temo, estimado lector, que Taura o 30 de septiembre no son más que repeticiones, ante distintos espectadores ,de una misma función... 

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