Cuenca

Opinión

POR Por: Eugenio Lloret O. |

Estado clientelar

Fecha de Publicación: 2012-09-06

Desde tiempos de la colonia española, existe entre nosotros el modelo según el cual el Estado es el principal generador y dador de empleos. Y si bien a partir de la llegada de los neoliberales se supone que de lo que se trataba era adelgazar al Estado, tener un empleo en alguna oficina gubernamental seguía siendo el non plus ultra.


Garantizar el empleo es parte de los derechos sociales señalados en la Constitución y es un tema muy sensible para los ecuatorianos, tanto que todos los aspirantes a la presidencia de la República  en sus campañas electorales pregonan la creación de empleos. Una y otra vez los gobiernos dan cifras de creación de empleos y publicitan como un logro para atenuar la crisis. Así se justifica la propuesta de creación de más secretarías de Estado o instancias públicas burocráticas de cualquier nivel para la creación de empleos, algo que sin duda nunca será suficiente frente al desempleo, de modo tal que generar y dar empleos en el gobierno de turno significaría mejorar las condiciones de bienestar de una parte de la población.


Esta realidad ha dado lugar al clientelismo en manos de políticos con pocos escrúpulos manejando planes sociales a cambio de votos o concurrencia a actos proselitistas en épocas de campaña. Los clientes ahí son los más pobres y los desempleados. También una clase media de profesionales que, frente a un mercado cada vez más difícil, ven en el Estado la salida laboral por excelencia aunque el sistema de designación por mérito no es la regla, sino la adhesión partidaria.


En estas circunstancias, sería un error centrarse en temas morales o éticos y condenar de un plumazo el cambio de convicciones por trabajo: el que estudió una carrera o profesión pretende vivir de lo que sabe y en un país donde el Estado crece como empleador y no todos pueden o tienen la capacidad o vocación para desenvolverse en la actividad privada, la búsqueda del puesto público es a veces la única alternativa. El problema es sistémico y varios factores coadyuvan a una superabundancia de profesionales en ciertas áreas de ejercicio liberal, muchas veces con una formación académica insuficiente que lograron al fin y al cabo, ingresar a la burocracia estatal.


Un país que no fomenta el desarrollo de la actividad privada ni incentiva a los emprendedores y cuyo Estado se transforma para muchos en la única opción laboral prepara el terreno para relaciones clientelares que a la larga degrada el tejido social. Esto, por supuesto, parecería estar en contra de toda la lógica del modelo capitalista, que aparentemente se sostiene sobre el cumplimiento de ciertos elementos muy precisos, entre ellos, el de ahorrar y despedir empleos, tal como recomiendan a nuestros políticos y economistas los organismos internacionales de crédito.


Sin embargo, hay serios cuestionamientos al respecto, que se oponen a la austeridad como método, y prefieren combinar un Estado fuerte con un sistema capitalista moderno. Es el caso nuestro, en el que la intervención estatal ha servido para proteger al individuo de los lados oscuros del autoritarismo económico, que no es otra cosa que el libre mercado como supuesto productor de abundancia.





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