Cuenca

Opinión

POR Por: María Liliana Escobar |

Los momentos que sobran

Fecha de Publicación: 2012-08-11

Hay ocasiones para cambiar de estación, para disfrutar del silencio y visitar la memoria. Esos momentos en los que el alma se vuelve autoritaria y gobierna el pensamiento, cuando las tardes de lluvia se tiñen de miles de fotos, cartas, sonrisas viejas y dejan que el pasado se vuelva realidad. Hay ciertas ocasiones para volverse a enamorar de la misma canción, repetir un cansado estribillo o inventarse las letras que faltaron.


Hay momentos precisos para saborear tranquilos un antiguo recuerdo y desvestirlo de soledades, degustar cada uno de sus colores, del inquieto sentimiento que despierta en el ser a pesar del tiempo, las distancia y la vida. Es la oportunidad callada de volver a ser lo que se fue o lo que se quiso ser, sin limitaciones, ni complejos; la nostalgia nunca puede marchitar del todo a las sensaciones.


Hay días en los que el sol nos quema, la lluvia limpia heridas y el corazón simplemente no late. Horas de batalla al miedo, al frío de la ausencia, a los sueños incumplidos. Minutos encarando nuestra verdad, esa que no podemos disfrazar, la que sale a nuestro encuentro cada vez que pretendemos ignorarla. Difícil mirarnos y no reconocernos, imposible recoger pedazos del niño que ya no somos y del que nos ha quedado solo una silenciosa inocencia.


Existen días de agosto para jugar sin edad, horas taciturnas para llorar como adultos y noches de luna para enamorarnos como adolescentes.


Hay ocasiones para cambiar de piel, mudarse de afectos y volver a creer. Los momentos atrapados entre el hoy y el mañana, cuando el futuro aún es una apuesta sin ganar y el presente nos vuelve indestructibles. Lo que fuimos nos convierte en lo que somos, pero el seremos está aún a una línea de lo que podría ser. Días de caminar con el corazón abierto, la mirada tranquila y la mente limpia. Tiempo de construir nuevos posibles, adormecer los prejuicios y besar la voluntad.


Hay kilómetros que desparecen en una oración, años borrados con un sonrisa y ganas infinitas de hablar desde adentro, sin ortografía ni sintaxis, sincero y real. A veces es mejor una frase a destiempo que un silencio infinito. Solo a veces, es mejor perderse en unos ojos desnudos que ahogarse en excusas, conocer el instante justo para amar sin temores y sentir más allá de la piel.


Existen instantes en lo que sencillamente los besos reemplazan a las acciones y un adiós es solo un hasta luego, las horas se disfrazan de nada, los minutos se pintan de esperanzas y hay segundos llenos de emoción. Están esas miradas que destruyen muros, que nos vuelven humanos. Hay piezas del alma que no encajan en el cuerpo, centímetros de piel que no nos pertenecen, latidos que se perdieron en otros labios.


Son por todas esas fracciones de tiempo, días, horas, minutos y segundos, que han marcado nuestra existencia, las que han definido no el comienzo o el fin de este viaje, pero si el camino durante el mismo, por los que debemos tener siempre presente que hay instantes por los que vale la pena vivir una eternidad entera.

 





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