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Opinión

POR Por: María Liliana Escobar |

Hay amores

Fecha de Publicación: 2012-02-13

Vivimos en una sociedad de consumo, de compra y venta, de fechas límites y palabras de viento. Nos movemos al compás de un reloj omnipresente y poco democrático. Con un ensordecedor  tic tac de trabajo, de estudio, de los compromisos impostergables y las reuniones eternas.


Caminando una larga hilera en una muy bien organizada máquina de realidades inmediatas, se nos ha acostumbrado el corazón a ser postergado y callado sin justificación; un paso hacia el puesto perfecto, otro hacia un título en la pared y dos pasos hacia atrás para dormir  nuestros sueños y aquello en lo que alguna vez creímos.


Las horas se mueven, bailan, se esconden y juegan con nuestra cordura, transformando días en semanas, y semanas en meses. Años que no  son más que marcas en un calendario que condenamos a olvidar tan pronto como convenga.
Desfilamos en un espacio cargado de las mismas imágenes, invadido de fantasmas de carne y hueso, con un aire de frustración, de sabor a pérdida, de silencio.


Y mientras seguimos avanzando, el alma sigue retrocediendo, cediendo su espacio a placeres rápidos,  a deseos  por caducar. Sustituimos el sentimiento por la sensación, la compañía por la conveniencia, la libertad por la comodidad.


¿Y el amor me pregunto? ¿Dónde quedó el amor de Becker, de Lorca o Benedetti? ¿Lo vendimos también en una propaganda de televisión? ¿O nos fue fácil ponerlo en un mensaje de texto y enviarlo sin destino?


Inventamos miles de términos para definirlo: pasión, sinceridad, afecto, dolor y hasta soledad. Porque hoy se nos vende la idea romántica de un amor etéreo, invisible, esquivo, de palabras llenando una pantalla, de fotografías ajenas, de

besos sin dueño. ¿Y quién nos dijo que el amor para que lo sea debe doler? El amor es amor solo porque así se le antoja al corazón.
Y sin embargo tratamos de opacarlo, subestimarlo, inventamos entonces una selección infinita de la que podemos escoger  el que menos estorbe: amores descartables, reciclables, o en línea; amores sin nombre, de aquellos que están sentenciados al nacer, de los confundidos o cansados de amar. Amores re-usables, los que tienen fecha de caducidad y los que son simplemente imposibles de olvidar.


Están los primeros amores, aquellos en espera, los desahuciados y los que no morirán. Amores que nunca fueron y los que nunca debieron ser. Los que nos quitan el sueño y otros que no paramos de soñar. Podemos encontrar los modernos, los a la antigua y esos amores de los que canta Shakira que sencillamente con el tiempo se vuelven resistentes a los daños y reverdecen en el otoño.  ¿Amor, amar, amantes, de qué clase nos gustaría ser?


Y seguimos pensando que le podemos poner precio al sentimiento en un San Valentín disfrazado de niño travieso con arco y flecha, que juega sin piedad con canciones, memorias y palabras que nos negamos a dejar ir... Amores a destiempo, amores que matan y  ¿qué sería de la vida sin un beso al cual volver cada domingo al atardecer?


La prisa nos devora el alma, los corazones se acorazan y aún así, sin previo aviso, un buen día nos encontramos perdidos en una mirada extraña, que nos invita a olvidar prejuicios, a postergar la agenda, cerrar viejas heridas, apagar los miedos y rezar: “Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde, te amo directamente sin problemas de orgullo, así te amo porque no sé amar de otra manera”. Pablo Neruda.

 





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