Cuenca

Opinión

POR Por: Marco Tello |

La justicia, valor universal

Fecha de Publicación: 2009-04-19

En su afán de sobrevivir, una sociedad injusta privilegia la interpretación punitiva del concepto universal de justicia, reduciéndolo a normas y a organismos oficiales encargados de aplicarlas. Esto es tan común que puede observarse aun en naciones que se precian de ser portaestandartes de la democracia. Cuando allí se discurre sobre la libertad y sobre los derechos humanos, se olvida a los  condenados que aguardan ansiosamente la luz de cada amanecer en los corredores de la muerte.

Con mayor razón ocurre esto en nuestro país. La obsesión por el castigo impregna su huella en las formas de comportamiento ciudadano;  se deja observar al trasluz aun en las buenas intenciones gubernamentales. Llevada esta versión al extremo, ciertos sectores rurales han mostrado su inclinación hacia lo punitivo, al interpretar a su albedrío el concepto de justicia indígena reconocido en la carta constitucional, y han visto llegado el momento de aplicarlo en forma despiadada.

Cabe pensar que tuvo conciencia el legislador sobre el peligro que acarreaba el especificar el concepto sustantivo de justicia con la adjetivación de indígena; pues sabía que la justicia es un valor universal que no admite ese tipo de especificaciones, como rechazaría la idea de una justicia afroecuatoriana o mestiza. Quizá es dable suponer, en descargo del legislador, que él creyó de buena fe que esa especificación ampliaría el significado conceptual al fundirse los dos términos en la cosmovisión indígena. Quizá recordó, por ejemplo, que la noción de justicia distributiva, perfilada desde los tiempos del pensamiento griego, ya constituía una expresión natural de solidaridad comunitaria en nuestras culturas aborígenes.

Sin embargo, las funestas consecuencias de la buena intención constitucional nos advierten del peligro que se cierne sobre la sociedad, si las exigencias de cambio expresadas en las urnas se apartan del contexto social. Si algo lleva al desorden y al exceso, está por naturaleza reñido con el concepto de justicia. De esta suerte, cuando asistimos al espectáculo del condenado que se convulsiona en la plaza pública antes de ser devorado del todo por las llamas, se nos hiela la sangre al saber que quienes intelectual o materialmente han propiciado esos actos de barbarie pertenecen a nuestra misma especie; que están a lo mejor junto a nosotros y respiran nuestro aire.





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